sábado, 17 de marzo de 2012

md. 18: Ventura García Calderón y la zoofilia en la literatura peruana

Ventura García Calderón

Ventura y Desventura de García Calderón
Un personaje que crece más allá de las polémicas y el siglo.
de Caretas 1590

Hace 40 años, el 27 de octubre de 1959, murió Ventura García Calderón en París. La historia, no el azar, habían hecho que naciera en esa misma ciudad, el 23 de febrero de 1886: su padre, Francisco García Calderón, fue el presidente de la República que por no acceder a la mutilación del Perú, fue remitido prisionero a Chile, y luego marchó al exilio parisiense. Ventura vivió casi todo el tiempo en el exterior, pero pasó buena parte de su infancia y su juventud en el Perú. Presenció el '95 con balas, el de la revolución de Nicolás de Piérola, desde su casona del centro de Lima, donde aprendió a "esquivar el proyectil que atraviesa la blanda quincha de las paredes". El siguiente texto traza una imagen de este personaje que mantiene vigencia como maestro de cultura y peruanidad, y como heraldo de un Perú en que no haya prejuicios raciales, ni abismo social, ni intolerancia política.

VENTURA García Calderón es uno de los personajes más extraordinarios de la cultura peruana de todos los tiempos. No temo exagerar si lo ubico como el más culto y refinado de los cronistas latinoamericanos del siglo XX y uno de los más altos exponentes en nuestro idioma de eso que los alemanes definen, con acierto, como prosa artística. Tuvo, además, una existencia rica en aventuras.
Sé que para muchos herejes esto puede sonar a herejía. No hay tal cosa. Ventura García Calderón es un ser admirable, más allá de generaciones, ideologías o partidos. "De ninguna gloria extinta renunciamos", escribió en Materiales para un Discurso a la Nación Peruana. Estimo que las actuales y las futuras generaciones de peruanos, en particular escritores y periodistas, no sabrán lo que se pierden si no se encuentran con Ventura.
En las polémicas de los años treinta, Manuel Seoane, apuntalado por Luis Alberto Sánchez, escribió en "La Tribuna" un artículo en apariencia demoledor titulado "Filtrando a los García Calderón".
El texto presentaba a los hermanos Francisco y Ventura como encarnación del oligárquico Partido Civil. En suma, el texto inicialmente publicado anónimamente sostenía: "Si buscáramos la diferencia sustantiva entre la generación de 1905 y la de 1920 habríamos de afirmar que consiste en el sentido individual de la primera y el sentido social de la segunda". "La generación de 1905 amó el adjetivo y la frase. La generación de 1920 cultiva la estadística".
No era exacto lo referente a la primera, puesto que generalizaba en demasía. No es lo mismo la prosa rica en adjetivos de José de la Riva-Agüero y el estilo sobrio de Francisco García Calderón, o el preciso como un estilete de Ventura. Por lo demás, la estadística es sólo un instrumento. George J. Stigler, Premio Nobel de Economía 1982, ha recordado que la verdad existió antes de que se inventara la estadística.


Se reprochó a los García Calderón desconocimiento y hasta desamor del Perú. Absolutamente falso. Se puede discrepar con juicios políticos de Francisco, sobre todo los referentes a la necesidad de dictaduras ilustradas, incluida la de Porfirio Díaz (¡!); pero hay que recordar que eso era un poco un sello de generación en la gente ilustrada de nuestra América a principios de siglo.
En todo caso, ambos hermanos tuvieron siempre al Perú y los peruanos como norte de su pensamiento y su dolor.
Ventura se labró una temprana gloria europea; pero nunca olvidó a los peruanos, incluidos los más abatidos. "Algunos de nosotros", escribió en el intenso ensayo ya mencionado, "proponía hace ya veinte años una cátedra obligatoria de lenguaje quechua en la Universidad de San Marcos para entendernos con nuestro hermano indio".

DE ARMAS TOMAR

Ciertamente, Ventura no procedía de familia menesterosa. Tampoco era, como Riva Agüero, muchacho acaudalado. Pertenecían, eso sí, a esas familias patricias que, a diferencia de los nuevos ricos de hoy, poseían vastas bibliotecas con libros que leían. Aún no se habían patentado los best-sellers.
Como tampoco existía entonces la Universidad Católica, Ventura fue sanmarquino. En esa época la Casona no se había aún erigido en baluarte de clase media pobre. Era ya, para plagiar a Juan Gonzalo Rose, "foro de inquietudes, plaza de victorias".
Un episodio basta para indicar la hombría de Ventura. Ocurrió en 1911, cuando Augusto Bernardino Leguía, ya con ínfulas de tirano, hizo apresar a Riva-Agüero, también alumno de San Marcos, porque éste había protestado frente a una negación de amnistía para conjurados contra su régimen. La prisión del futuro marqués indignó a los estudiantes. Ventura cuenta cómo, después de un discurso del extraordinario orador que era José María de la Jara y Ureta, la muchachada se enardeció.
Cuenta Ventura: "Entonces grito yo: `¡A Palacio!' y la juventud nos sigue hasta la Plaza de Armas, donde la guardia montada persigue a los manifestantes con el sable al aire. Suenan algunos disparos. Nos matan a un estudiante, desbaratando al grupo que nos sigue. Un mozo de veintiséis años se ha quedado solo y vociferando. Sin armas, con un bastón en la mano, cogiendo la brida de los caballos para increpar a los jinetes, consigue llegar a una puerta lateral del Palacio en donde la guardia poniéndole las bayonetas al pecho quiere en vano detener al energúmeno. Ya sube por un corredor solitario del Ministerio de Relaciones Exteriores convocando a gritos e injurias al ministro que llega todo lívido y balbucea: `Cálmese usted, doctor'. Sacudiéndole por las solapas con las mejores injurias de su repertorio limeño, el energúmeno exige la libertad de Riva-Agüero si no se quiere que la ciudad amotinada termine en revolución lo que tan bien ha comenzado. El desventurado Salazar y Oyarzábal se ausenta durante algunos minutos para "consultar el caso con el Presidente'. Ya regresa, más suave y adamado que nunca, para jurar que el Presidente se compromete a dejar libre a Riva-Agüero y que, dentro de pocos momentos, lo conducirán al Club Nacional. ¿Puedo agregar que este joven quijotesco y vociferante se llamaba Ventura García Calderón?"


En "Generación sin maestros", en que coloca en la picota a Ricardo Palma, Manuel González Prada y José Santos Chocano, cuenta de éste, su contemporáneo y pariente, una escena de sainete. El joven poeta acaba de declamar su "Canto a España" ante Ramón Menéndez Pidal en el Palacio de la Exposición, y luego se va con sus amigos a "El Comercio", para revisar la crónica del acto.
"Cuando llega a su nombre, que no lleva en esos papeles el adjetivo altisonante que Chocano cree siempre merecer, nos mira, como asombrado, y murmura: `¿El poeta Chocano, simplemente? El genial poeta, ¿no es cierto? El cantor de América".
La escena se volvió a repetir cada vez que se mencionaba a Chocano en ese texto. "Acabamos, claro está, por sonreír", escribe Ventura. "No sabíamos que todo Chocano estaba en ese impudor y que toda una escuela de cachorruelos, sin la excusa del genio verbal, iba a salir de aquella desfachatez infatuada y de aquel narcisismo delirante".

JOYAS DE LA PALABRA

Se suele creer que la belleza del estilo es artificio de superficie. En verdad, el gran estilo extrae su belleza de las entrañas de la idea. Leer a Ventura el narrador -que no tenía por qué ser sociólogo o antropólogo-, el ensayista o el cronista, es un deleite sin tregua. A joy for ever, que dijo John Keats. Leamos tres gemas que escribió en 1924 sobre José Martí: "Ha querido a mujeres de carne; pero su novia se llama Cuba". "Excúsanos, Bolívar, y tú, lugarteniente de la gloria, San Martín, si en la capilla de los libertadores elegimos por más cercano intercesor a este hombre de letras que lleva terciado el fusil a la espalda como un gajo de cruz". "Lo que hoy parece envejecido y oxidado, ese frenesí de libertad de los abuelos, esa sublime inmolación de prebendas para que el negro y el indio pudieran comer en la mesa de todos, lo comprendemos mejor merced a Martí, que ha rejuvenecido los tropos republicanos."
En sus Materiales para un Discurso a la Nación Peruana cinceló a punta de historia esta frase: "No creemos en razas inferiores ni dudamos un punto en su amalgama coherente. Y va más lejos la temeridad de nuestro amor. En ese conjunto de manera de sentir y de enfocar la vida, que constituye una civilización, ninguna divergencia nos sobra."
Cierro, con ansias de seguir, con estas palabras del inmenso Ventura, al que venero aunque no lo acepte en bloque: "Es preciso, poetas, que en las sumidades urbanas alguien vele repitiendo, como un telegrafista de lo invisible, el llamado que no tiene respuesta, para que siquiera dure en el mundo la dignidad humana de la pregunta."

EDITORIAL MUNDO LATINO. MADRID 1924

La venganza del cóndor -

Nunca he sabido despertar a un indio a puntapiés. Quiso enseñarme este arte triste, en un puerto del Perú, el capitán González, que tenía tan lindo látigo con puño de oro y un jeme de plomo por contera.

�Pedazo de animal �vociferaba el capitán atusándose los bigotes donjuanescos�. Así son todos estos bellacos. Le ordené que ensillara a las cinco de la mañana y ya lo ve usted, durmiendo como un cochino a las siete. Yo, que tengo que llegar a Huaraz en dos días�

El indio dormía vestido a la intemperie con la cabeza sobre una vieja silla de montar. Al primer contacto del pie, se irguió en vilo, desperezándose. Nunca he sabido si nos miran bajo el castigo, con ira o con acatamiento. Mas como él tardara un tanto en despertar a este mundo de su dolor cotidiano, el militar le rasgó la frente de un latigazo. El indio y yo nos estremecimos; él, por la sangre que goteaba en su rostro como lágrimas; yo, porque llevaba todavía en el espíritu prejuicios sentimentales de bachiller. Detuve del brazo a este hombre enérgico y evité una segunda hemorragia.

�¡Badajo! �repetía el verdugo, mirándome con ojos severos�. Así hay que tratar a estos bárbaros. Usted no sabe, doctor.

El capitán González me había conferido el grado universitario al ver mis botas relucientes, mi poncho nuevo, que no curtieron los vientos, y estas piedades cándidas de limeño. Anoche mismo, después de ganarme, en la pobre fonda del puerto, cinco libras peruanas al chaquete, me adoptaba ya con una sonrisa paternal, diciendo: �Pues hacemos juntos el viaje hasta Huaraz, mi doctorcito. Ya verá usted cómo se divierte con mi palurdo, un indio bellaco que en todas las chozas tiene comadres. Estuvo el año pasado a mi servicio, y ahora el prefecto, amigo mío, acaba de mandármelo para que sea mi ordenanza. ¡Le tiene un miedo a este chicotillo!�

Tuve que admirar por largo rato el tejido habilísimo de aquel �chicotillo� de junco que iba estrechándose al terminar en un cono de bala. En los flancos de las bestias y de los indios aquello era sin duda irresistible.

Resonaba otra vez en el patio de la fonda la voz marcial:

�¿Y el pellón negro, so canalla? Si no te apuras, vas a probar cosa rica.

�Ya trayendo, taita.

El indio se hundió en el pesebre en busca del pellón que no vino jamás. Diez, veinte, treinta minutos, que provocaron, en un crescendo de orquesta, la más variada explosión de invectivas: Dios y la Virgen se mezclaban en los labios del capitán a interjecciones criollas como en los ritos de las brujas serranas. Pero el ordenanza y guía insuperable no pudo ser hallado en todo el puerto. Por lo cual el capitán González se marchó solo, anunciando futuros castigos y desastres.

�No se vaya con el capitán. Es un bárbaro�, me había aconsejado el posadero; y dilaté mi partida pretextando algunas compras. Dos horas después, al ensillar mi soberbia mula andariega, un pellejo de carnero vino a mi encuentro y de su pelambre polvorienta salió una cabeza despeinada que murmuró:

�Si queres contigo, taita.

¡Vaya si quería! Era el indio perdido y castigado. Por una hora yo también había buscado guía que me indicara los malos pasos de la Sierra y se apeara para restaurar el brevísimo camino entre el abismo y las rocas que una galga de piedras o las lluvias podían deshacer en segundos.

Asentí sin fijar precio. El indio me explicó en su media lengua que lo hallaría a las puertas del poblacho. Me detenía en una choza a pedir un mate de aquella horaciana chicha de jora que tanto alivia el ánimo, cuando le vi llegar, caballero en una jaca derrengada, pero más animosa que mi mula de lujo. Y sin hablar, sin más tratos, aquel guía providencial comenzó a precederme por atajos y montes, trayéndome, cuando el sol quemaba las entrañas, el cuenco de chicha refrigerante o el maíz reventado al fuego, aquella tierna cancha algodonada. Confieso que no hubiera sabido nunca disponer en un tambo del camino con los ponchos, el pellón y la silla de montar tan blando lecho como el que disfruté aquella noche.

Pero al siguiente día el viaje fue más singular. Servicial y humilde, como siempre, mi compañero se detenía con demasiada frecuencia en la puerta de cada choza del camino, como pidiendo noticias en su dulce lengua quechua. Las indias, al alcanzarme el porongo de chicha, me miraban atentamente y parecióme advertir en sus ojos una simpatía inesperada. ¡Pero quién puede adivinar lo que ocurre en el alma de estas siervas adoloridas! Dos o tres veces el guía salió de su mutismo para contarme, en lenguaje aniñado, esas historias que espeluznan al caminante. Cuentos ingenuos de viajeros que ruedan al abismo porque una piedra se desgaja súbitamente de la montaña andina. �Allí viendo, taita�, en la quebrada agudísima, las osamentas lavadas por la espuma del río.

Sin querer confesarlo, yo comenzaba a estar impresionado. Los Andes son en la tarde vastos túmulos grises y la bruma que asciende de las punas violetas a los picachos nevados me estremecía como una melancolía visible. En el flanco de las gigantescas vértebras aquel camino rebañado en la piedra y tan vecino a la hondonada mortal parecía llevarnos, como en las antiguas alegorías sagradas, a un paraje siniestro. Pero el mismo indio, que temblaba bajo el rebenque, tenía agilidades de acróbata para apearse suavemente por las orejas y llevar del cabestro a mi mula espantadiza que avizoraba el abismo y resbalaba en las piedras, temblorosa. Una hora de marcha así pone los nervios al desnudo, y el viento afilado en las rocas parece aconsejar el vértigo. Ya los cóndores familiares de los altos picachos pasaban tan cerca de mí, que el aire desplazado por las alas me quemaba el rostro y vi sus ojos iracundos.

Llegábamos a un estrecho desfiladero, de donde pude vislumbrar en la parda monotonía de la cadena de montañas la altiplanicie amarillenta con sus erguidos cactus fúnebres.

�Tú esperando, taita �murmuró de pronto el guía, y se alejó en un santiamén.

Le aguardé en vano, con la carne erizada. Palpé el revólver en el cinto, estimulando con la voz a la mula indecisa, que, las orejas al viento, oscilantes como veletas, medía el peligro y escuchaba la muerte. Un ruido profundo retembló en la montaña: algo rodaba de la altura. De pronto, a quince metros de mí, pasó un vuelo oblicuo de cóndores, y entonces, distintamente, porque había llegado a un recodo del camino, vi rebotar con estruendo y polvo en la altura inmediata una masa obscura, un hombre, un caballo tal vez, que fue sangrando en las aristas de las peñas hasta teñir el río espumante, allá abajo. Estremecido de horror, esperé mientras las montañas se enviaron cuatro o cinco veces el eco de aquella catarata mortal. Un cono invertido de alas pardas giraba como una tromba sobre los cadáveres.

Más agachado que nunca, deslizándose con el paso furtivo de las vizcachas, hete aquí al bellaco de mi guía que coge a mi mula del cabestro y murmura con voz doliente, como si suspirara:

�Tú viendo, taita, al capitán.

¿El capitán? Abrí los ojos entontecidos. El indio me espiaba con su mirada indescifrable; y como yo quisiera saber muchas cosas a la vez, me explicó en su media lengua que a veces, taita, los insolentes cóndores rozan con el ala el hombro del viajero en un precipicio. Se pierde el equilibrio y se rueda al abismo. Así había ocurrido con el capitán González, �¡pobricitu, ayayay!� Se santiguó quitándose el ancho sombrero de fieltro, para probarme que sólo decía la verdad. Con ademanes de brujo me designaba las grandes aves concéntricas que estaban ya devorando presa.

Yo no inquirí más, porque éstos son secretos de mi tierra que los hombres de su raza no saben explicar al hombre blanco. Tal vez entre ellos y los cóndores existe un pacto obscuro para vengarse de los intrusos que somos nosotros. Pero de este guía incomparable que me dejó en la puerta de Huaraz, rehusando todo salario, después de haberme besado las manos, aprendí que es imprudente algunas veces afrentar con un lindo látigo la resignación de los vencidos.


La llama blanca


Espoleando el caballo con el extremo de la rienda en la mano, el hacendado se lanzó furioso contra el indio para castigarlo ejemplarmente delante de todos los peones. Inclinado el cuerpo sobre el estribo derecho, azotaba al servidor encogido, que, por tierra, hecho un ovillo, pedía al taita perdón a gritos. Pero don Vicente Cabral no quería ya tolerar estos amores escandalosos. ¿No había acaso mujeres en la hacienda? Si otra vez lo pescaba entre las llamas, doscientos azotes a calzón quitado y una noche entera en el cepo…

El rebaño de llamas miraba el suplicio con atención humana: cincuenta bestias de suaves ojos y delicada gracia de mujer. Más alta que las demás, enjaezada como una mula de feria, albísima, sin tacha, ésta llevaba por gala y fantasía la lana del pescuezo entrelazada con cintas rojas y borlones que azotaban, al oscilar, la esquila de plata. Los indios la llamaban la Killa porque era blanca y tal vez sagrada, como la luna llena.

Por entre las pesuñas hendidas se arrastró el indio castigado para escaparse. Entonces, los mismos peones detuvieron con respeto suplicante el caballo del hacendado, para que éste no fuera a azotar también a la llama.

—Mama Killa— prorrumpió un indio designando la Luna, ya rosada en la tarde de abril.

Un hacendado del Perú siempre lleva revólver y las llamas no cuestan caras. Además, era preciso enseñar a los indios que las llamas no son mujeres, ni pueden ser amadas como tales. De un certero disparo en la oreja cayó al suelo la Killa, tiritando; sus ojos muy abiertos miraron con dulzura tan femenina que el hacendado mismo se arrepintió inmediatamente de su brutalidad. La sangre manchaba ya el vellón, la esquila y los cascabeles: con el temblor de la agonía resonaba apenas su música. Entonces los indios, arrodillados, empezaron a sollozar lastimeramente, y el más audaz de todos se volvió a designar la Luna que se esponjaba en la noche, toda roja de presagios de sangre:

—¡Mama Killa, taita!

Sin hacer caso de las supersticiones de “estos indios bárbaros”, don Vicente Cabral desmontó en el patio de la hacienda y subió a acostarse, malhumorado. No toleraría nunca que las lindas bestias estuvieran adornadas como prostitutas.

Cuatro indios se llevaron el cuerpo de la Killa hacia la huaca, donde están enterrados los cadáveres de los grandes abuelos, de todos aquellos, generales o príncipes, que hicieron la majestad del imperio peruano antes de que vinieran a contrarrestar los designios de Huiracocha unos hombres circundados de metal, invulnerables. La huaca está vecina al río, al pie de una montaña de los Andes.

Una música lejana y lúgubre repercutió de cerro a cerro hasta los valles, vencida a trechos por el estruendo del agua en las piedras rodadas de la montaña. Como al conjuro de estas quenas invisibles, la Luna se había tornado blanca y llena de perdones. Silenciosamente fueron apareciendo formas morenas en la noche, avanzando apenas con ese monótono paso de los indios, que pisotean el suelo como en una danza. De la envoltura de los ponchos salieron mujeres pálidas que llevaban las trenzas sobre los pechos y gimoteaban a compás, como en los entierros. Cuando los indios se irguieron a la llama agonizante, la invocación al taita Huiracocha que está en los cielos resonó agudamente, y los puños cerrados amenazaron la casa del hombre blanco situada más abajo, en los extremos de la hacienda. El dueño de la llama, el indio castigado, se arrodilló a besar la herida que seguía manando sobre el vellón, blanquísimo en la noche. Entonces la Killa se estremeció en el suelo, muerta, y le arrancaron el corazón para regarlo sobre la huaca de los abuelos, mientras las quenas lejanas seguían lamentando la injusta ruina de la raza. En el cielo, la sagrada Luna, Mama Killa, desfalleciente como esta hermana suya, no mostraba sus estrías de sangre amenazante; pero los indios comprendieron cuál era su deber. Azotaron a los perros para que aullaran siniestramente hacia la madre del cielo y le contaran la pena de sus hijos terrestres. En voz baja, lamentaban las virtudes de la bestia muerta, su blancura sin tacha, sus ojos de mujer, su vellón esponjado como la flor del algodón. Ninguna supo bajar de la mina tan grávidos lingotes de oro, ninguna tan hábil para guiar por la puna, deteniéndose apenas a ramonear la hierba pálida, un rebaño caprichoso y lento.

* * *

Bajo una piedra de la orilla del río quedó enterrada; no cabe duda alguna del hecho. Mas sólo el amo de la hacienda quedó atónito al día siguiente cuando llegó el rebaño conducido por una llama blanca. Era la misma, era la Killa, con idéntico jaez y esa mirada… Don Vicente Cabral se estremeció. En los alrededores de la hacienda no había llamas tan blancas, y él estaba seguro de haber disparado con mano firme en la oreja derecha. Salio al patio sin decir palabra. Los indios servidores bajaban la mirada como siempre, para no dejarse leer los pensamientos.

Con alegría de cabras retozaban las llamas en el patio, cuando no se agazapaban indolentemente frente a las nieves de la altura o, de un salto brusco, rehusaban la carga: el lingote de oro y la paca de algodón. Inmóvil y erguida en la puerta del corral estaba la Killa. Sí, la misma, enjaezada como ayer, mirando al amo. Don Vicente Cabral conocía por dolorosa experiencia las extrañas artes de los indios, sus iras silenciosas, sus venganzas plañideras, su risa inmóvil; y le pareció preferible no interrogar a nadie. Le hubieran respondido como otras veces, ¡tantas!, modulando su quejido sempiterno: “Manan, taita”. No sabían, no vieron nada… De todo eran capaces. Quizá podían resucitar con sus brujerías a las bestias, o tal vez, corriendo una noche entera por los caminos, hallaron y trajeron otra llama blanca. No daría a estos hombres taimados el espectáculo de la sorpresa o de la cólera.

Montó a caballo y se acercó al rebaño contándolo en voz alta: una…, dos…, quince…, cincuenta. Estaban cabales. Entonces le temblaron las piernas, y probablemente los indios lo advirtieron, porque tintineaban las espuelas. Para calmarse permaneció inmóvil; pero divisaba perfectamente junto a la oreja derecha de la Killa una mancha roja y redonda como traza de bala. Estaba tan cerca de la llama, que no pudo resistirse a mirarla de frente. ¡Esos dos ojos altaneros tenían rencor humano! De súbito, la bestia le escupió el rostro y se alejó ondulante. Uno de esos escupitajos que recelan los indios porque manchan la ropa para siempre. Don Vicente Cabral no supo con exactitud por qué no la emprendía a latigazos con los peones y las bestias. Despacio, enjugó con el pañuelo la baba oscura y espumante que le chorreaba en la mejilla. Ya los indios se arrodillaban esperando el castigo y gimiendo anticipadamente, porque conocían al amo cruel. Pero el amo cruel había perdido la cabeza; por primera vez no tenía ganas de afrentar a nadie o en su alma de civilizado entró quizá siniestramente el amor de los indios por las llamas. Cuando el rebaño se alejaba por la montaña, la Killa volvió la cabeza repetidas veces para mirar al hacendado que estaba inmóvil a caballo, frente al cielo y la Luna y las águilas que suben a los nidos altos, y todo ese misterio de la noche serrana que hace tiritar a los hombres blancos.

Del caballo no paró sino en cama. La mancha del escupitajo no podía borrarse, y fue creciendo en la mejilla como esa extraña enfermedad que los indios llaman uta. El rostro overo y cárdeno se cae a pedazos, roído por un mal incurable. Mientras el amo se moría repitiendo en voz baja el nombre de la llama, sus servidores le miraban el semblante lleno de manchas rojas y chamuscadas, como las heridas de un revólver de buen calibre.

La zoofilia


Grabado de Édouard-Henri_Avril


La zoofilia (del griego zoon, "animal", y philia, "afinidad") o bestialismo es una parafilia que consiste en la atracción sexual de un humano hacia otro animal distinto de su especie. Las personas que sienten esta afinidad o atracción sexual son conocidas como zoófilos o zoofílicos.

Para mayor claridad, se utilizará el término zoofilia para la atracción sexual, y el término bestialismo para el acto sexual. Las dos tendencias son independientes: no todos los actos sexuales con animales implican a zoófilos, ni todos los zoófilos practican el sexo con animales.

La zoofilia es considerada en muchas ocasiones como antinatural, y el acto sexual con otros animales como un abuso de éstos o como un "crimen contra la naturaleza". Algunas personas, por ejemplo el filósofo y autor Peter Singer (involucrado en movimientos por los derechos de los animales), defienden que esto no es así. Aunque la investigación de la zoofilia se muestra optimista y apoya a los zoófilos en su mayor parte, la cultura general se muestra hostil al concepto de la sexualidad animal-humana.

La actividad o el deseo sexual zoófilo no es considerado como patología por el DSM-IV (TR) (cuarto manual diagnóstico y estadístico de la American Psychiatric Association, asociación estadounidense de psiquiatría), a no ser que vaya acompañado de angustia o que interfiera en el funcionamiento normal de la persona en cuestión. Críticos alegan que dichos comentarios en el DSM-IV no dicen nada sobre la salud mental y física del animal que tome parte en actos sexuales con personas; sin embargo, defensores de este tratado sostienen que la relación entre un humano y otro animal puede ir más allá del mero acto sexual, que los animales son capaces de formar una relación amorosa duradera con otro animal o con un humano, y que tal relación no es funcionalmente diferente de ninguna otra relación sexual o amorosa.



Randol Corey Mitchell, 27. Condenado a 5 de libertad condicional por tener sexo con la perra rotwiller de su novia embarazada. (Florida, USA, 2004)
Sexual Assault of female rottweiler
Ocala, FL (US)
Incident Date: Saturday, Jan 31, 2004
County: Marion

Charges: Felony CTA
Disposition: Convicted

Defendant/Suspect: Randol Corey Mitchell

Case Updates: 1 update(s) available
An Ocala man faces five years of probation for having sex with his pregnant fiancee's dog.
Randol Corey Mitchell, 27, pleaded no contest Wednesday to one count of felony animal cruelty. Circuit Judge Victor J. Musleh withheld adjudication and sentenced Mitchell to five years of probation and a mandatory psychological evaluation. He also prohibited Mitchell from owning pets of any kind while on probation and from having unsupervised contact with other people's pets.

"This is very disgusting, to tell you the truth," Musleh told Mitchell. "But I'm going to leave out my personal opinions and withhold adjudication unless you mess up."

Prosecutor Lori Henry sought sex offender sanctions against Mitchell, saying she was concerned Mitchell might try to commit sex crimes against human victims.

"I wish we could classify him as a sex offender," Henry said after the hearing. "I wish that he would have to register as a sex offender."

Sheriff's deputies arrested Mitchell in February after his then-fiancee reported that she had caught Mitchell having sex with her 1-year-old female Rottweiler named Nagaisha. Marion County Sheriff's Office reports indicate Mitchell told deputies this is a "life-long problem" he has had.

A veterinary examination later showed injury to the dog and that the animal appeared to be frightened, Henry said.

Due to the peculiar nature of the case, the Star-Banner is withholding the name of Mitchell's ex-fiancee to protect her privacy. The woman is due to give birth to Mitchell's child soon and could not be present at Wednesday's hearing because she had a doctor's appointment, Henry said.

Although they are no longer a couple, the woman wanted Mitchell to have psychological treatment, Henry said.

Psychologist Louis Legum testified at Wednesday's hearing and "strongly recommended" that Musleh order Mitchell to undergo a sex-offender-specific psychological examination.

"People's sexual behavior is learned behavior," Legum said. "It's not easy in the same way that crack cocaine or alcohol is easy to give up. . . . Meaningful therapeutic intervention has to be directed toward the behavior itself."

Under questioning by Mitchell lawyer Bobby Rumalla, Legum was careful to note that there was no indication Mitchell would become a sex offender without treatment.

"I'm not suggesting that your client is necessarily an undiagnosed pedophile or a mad-dog rapist," Legum said. "I'm sure that your client would want to get control over this behavior."

Musleh agreed Mitchell needed psychological evaluation.

"He certainly needs some psychological," the judge said. "For somebody to do something like this, they gotta have something wrong with them."

Musleh also noted there was no evidence Mitchell had ever committed any sexual offense against a person.

In addition to the probation and psychological evaluation, Musleh ordered Mitchell to pay restitution to the dog's owner for any necessary veterinary treatment and prohibited Mitchell from possessing pornography of any kind.


Kenji Fujimori (hijo del ex-presidente del Perú, Alberto Fujimori, y su perro en un video).

Fragmento de La Ciudad y los perros.


Cava nos dijo: detrás del galpón de los soldados hay gallinas. Mientes, serrano, no es verdad. Juro que las he visto. Así que fuimos después de la comida, dando un rodeo para no pasar por las cuadras y rampando como en campaña. ¿Ves? ¿Ven?, decía el muy maldito, un corral blanco con gallinas de colores, qué más quieren, ¿quieren más? ¿Nos tiramos la negra o la amarilla? La amarilla está más gorda. ¿Qué esperas, huevas? Yo la cojo y me como las alas. Tápale el pico, Boa, como si fuera tan fácil. No podía; no te escapes, patita, venga, venga. Le tiene miedo, lo está mirando feo, le muestra el rabo, miren, decía el muy maldito. Pero era verdad que me picoteaba los dedos. Vamos al estadio y tápenle el pico de una vez a ésa. ¿Y qué pasa si el Rulos se tira al muchacho? Lo mejor, dijo el Jaguar, es amarrarle las patas y el pico. ¿Y las alas, qué me dicen si capa a alguien a punta de aletazos, qué me dicen? No quiere nada contigo, Boa. ¿Estás seguro, serrano, tú también? No, pero lo vi con mis propios ojos. ¿Con qué la amarro? Qué brutos, qué brutos, una gallina al menos es chiquita, parece un juego, pero ¡una llama! ¿Y qué pasa si el Rulos se tira al muchacho? Estábamos fumando en los excusados de las aulas, bajen las candelas, murciélagos. El Jaguar puja de alma, parece que lo estuvieran manducando. ¿Ya, Jaguar, salió, salió? Silencio, que me cortan, tengo que concentrarme. ¿Ya, ya, la puntita? ¿Y qué tal si nos tiramos al gordito?, dijo el Rulos. ¿Quién? El de la novena, el gordito. ¿Tú no lo has pellizcado nunca? Uf. No está mala la idea, pero ¿se deja o no se deja? A mí me han dicho que Lañas se lo tira cuando está de guardia. Uf, al fin. ¿Salió, salió?, el muy maldito. ¿Y quién primero?, porque a mí se me fueron las ganas con tanto ruido que hace. Aquí hay un hilo para el pico. Serrano, no la sueltes que a lo mejor se vuela. ¿Hay un voluntario? Cava la tenía por los sobacos, el Rulos le rogaba no muevas el pico que de todas maneras te lo embocan y yo le amarraba las patas. Entonces, mejor sorteamos, quién tiene fósforos. Córtale la cabeza a uno y enséñame los otros, estoy muy viejo para que me hagan trampas. Le va a tocar al Rulos. Oye, ¿a ti te consta que se deja? A mí no me consta. Esa risita como una picadura. Yo acepto, Rulos, pero sólo por juego. ¿Y si no se deja? Quietos, que huele a suboficial, menos mal que pasó lejos, yo soy muy macho. ¿Y si nos comemos al suboficial? El Boa se come a una perra, dijo el muy maldito, por qué no al gordito que es humano. Está consignado, ahora lo vi en el comedor, matoneaba a los ocho perros de su mesa. A lo mejor no se deja. ¿Quién dijo miedo, alguien dijo miedo? Me como una sección de gordos, uno por uno, y fresco como una lechuga. Vamos a hacer un plan, dijo el Jaguar, cosa que resulte más fácil. ¿A quién le tocó el palito? La gallina estaba en el suelo, quietecita y boqueando. Al serrano Cava, ¿no perciben que ya está r1laridándose la mano? Es por gusto, está muerta, mejor sería el Boa que hace carpas marchando. Ya sorteamos, no hay nada que hacer, te la tiras o te tiramos como a las llamas en tu Pueblo. ¿No tienen una novelita? ¿Y si traemos al poeta a que le cuente una de esas historias que engordan la pichula? Puro cuento, compañeros, yo hago carpas concentrándome, es Cuestión de voluntad. Oye, ¿y si me infecto? Qué te pasa, vida mía, qué tienes, serranito, de cuándo acá te echas atrás, ¿sabías que el Boa está más sano que tu madre desde que se tira a la Malpapeada? Cuéntame esos delirios, piojosito, ¿no te han dicho que las gallinas son más limpias que las perras, más higiénicas? De acuerdo, nos lo comemos aunque muramos con las manos en la masa. ¿Y la ronda? Está Huarina de servicio que es un pelma y los sábados la ronda es cosa boba. ¿Y si acusa? Reunión del Círculo: cadete manducado y soplón, Pero ¿tú dirías que te han manducado? Salgamos que van a tocar silencio. Y bajen las candelas, maldita sea. Ya, dijo el Muy maldito, se ha parado sola; pásenmela. Tenla tú. ¿Yo Mismo? Tú mismo. ¿Estás seguro que las gallinas tienen huecos? Salvo que esta pánfila sea virgen. Se está moviendo, a lo mejor es un gallo rosquete. No se rían ni hablen, por favor. Por favor. Esa risita tan fregada. ¿No ven, han visto esa mano de serrano? La estás manoseando, bandolero. Estoy buscando el no me muevan que ya encontré. ¿Cómo dijo, compañero? Tiene hueco, quietos por favor, y por todos los santos no se rían que se adormece el elefante. Qué bruto. Los serranos, decía mi hermano, mala gente, lo peor que hay. Traidores y cobardes, torcidos hasta el alma. ¡Tápale el pico, jijunagrandísima! Teniente Gamboa, aquí hay alguien que se está comiendo una gallina. Son las diez o casi, dijo el Rulos, más de las diez y cuarto. ¿Han visto si hay imaginarias? También me Como un imaginaria. Tú te comes todo, así estoy viendo, tienes mucho apetito, jura que no te comes a tu santa madre. No había más consignados en la cuadra, pero sí en la segunda y salimos sin zapatos. Me estoy helando de frío y a lo mejor me constipo. Yo confieso que si oigo un silbato, corro. Trepemos la escalera agachados que se ve desde la Prevención. ¿De veras? Entramos a la cuadra despacito y el Jaguar ¿qué cabrón dijo que sólo había dos consignados? Ahí están roncando como diez enanos. ¿Entonces se corren? ¿Quién? Tú que sabes cuál es su cama, pasa adelante, cosa que no nos comamos a otro. Es la tercera, no ven cómo huele a gordito apetitoso. Se le están saliendo las plumas y me parece que se está muriendo. ¿Ya o no? Cuenta. ¿Siempre te vas tan rápido o sólo con las gallinas? Miren esa polilla, creo que el serrano la mató. ¿Yo? La falta de respiración, todos los huecos tapados. Si está que se mueve, juro que se está haciendo la muerta. ¿Ustedes creen que los animales sienten? ¿Sienten qué, huevas, acaso tienen alma? Quiero decir gusto, como las mujeres. La Malpapeada, sí, igualito que las mujeres. Tú, Boa, me das asco. Las cosas que se ven. Oye, la polilla se está parando. Le ha gustado y quiere más, qué tal. Camina borrachita, camina borrachita. ¿Y ahora nos la comemos de a deveras? Alguien va a quedar encinta, no se olviden que el serrano le dejó adentro tamaña piedra. Yo ni sé cómo se mata a las gallinas. Calla, con el fuego se mueren los microbios. La agarras del pescuezo y la tuerces en el aire. Tenla quieta, Boa, voy a hacer un saque, aguántate ésa. Sí señor, la elevaste, bien puesta esa pata. Ahora sí se ha muerto, está toda deshecha, caramba. Caramba, está toda deshecha y quién se la va a comer así oliendo a polvo y, a pezuña. Júrame que el fuego mata los microbios. Vamos a hacer una fogata, pero allá arribita, detrás de la tapia que está más escondido. Silencio, que te parto en cuatro. Trepa de una vez que ya está bien cogido, huevas. Cómo patea el enano, cómo pateaba, cómo, qué esperas para treparte, no ves que duerme más calato que una foca. Oye Boa, no le tapes así la jeta que a lo mejor se ahoga. Ahorita me echa abajo y sólo me estoy frotando, decía el Rulos, no te muevas que te mato y te hago polvo y qué más quieres que te esté bombardeando, respingado. Zafemos que se están levantando los enanos, no te digo, caracho, se están levantando todos los enanos y aquí va a correr sangre a torrentes. El que prendió la luz fue un vivo. El que gritó se están comiendo a un compañero, a la pelea muchachos, también fue un vivo. A mí me manducaron con eso de la luz y ¿sería por eso que le solté la boca?, sálvenme, hermanos. Yo sólo he oído un grito parecido cuando mi madre le largó la silla a mi hermano. ¿Y ustedes, enanos, alguien los ha invitado, qué hacen levantados, por favor, alguien dijo que enciendan la luz? ¿Y ése era el brigadier? No vamos a dejar que hagan eso con el muchacho, maricones. Me he vuelto loco, estoy soñando, desde cuándo se habla así con sus cadetes, cuádrense. Y tú de qué gritas, no ves que es una broma. Esperen que voy a aplastar unos cuantos enanos. Y el Jaguar todavía se reía, me acuerdo de su risa cuando yo estaba machucando a los enanos. Ahora nos vamos, pero eso sí, óiganlo bien y no se olviden: si uno solo abre el pico, nos tiramos a coda la cuadra de verdad. No hay que meterse con los enanos, todos son unos acomplejados y no entienden las bromas. Para bajar las escaleras ¿nos agachamos de nuevo? Puaf, decía el Rulos, chupando un hueso, la carne ha quedado toda chamuscada y con pelos.

Leda y el Cisne, una copia del siglo XVI de un cuadro desaparecido de Miguel Ángel de 1530 (Galería Nacional de Londres).

Leda, by Gustave Moreau

La zoofilia en la religión y la mitología.
-En la Biblia se encuentran varias referencias, por ejemplo en el Levítico 18.23 que dice “No te unirás con bestia haciéndote impuro con ella. La mujer no se pondrá ante una bestia para unirse a ella.
-En la mitología de la Isla de Chiloé existe la leyenda del mítico perro Trehuaco, criatura que mantiene relaciones sexuales con las mujeres.
-En la mitología griega los casos de bestialismo más importantes son los de Pasífae con el toro de Minos y la violación de Leda por un cisne.

fuente de imagen:
http://serie-lalectora.blogspot.com/?zx=c6ca24a7461e4417
La zoofilia en la historia.
-La emperatriz Teodora de Bizancio, se servía de animales en sus bacanales.
-Durante los primeros años de la conquista de América, era común que los españoles les negaran a los indígenas la condición de seres humanos, y los asimilaban a los animales. Era tal el desprecio con que los trataban que, para hacerlos entrar en razón, Bartolomé de las Casas, defensor de los aborígenes, les recordaba a los españoles que si los indígenas eran tan animales como ellos decían, ellos serían culpables de un terrible pecado, el de la zoofilia, ya que permanentemente se amancebaban con sus mujeres.
-En Francia, en 1601, Claudine de Culam, una joven de 16 años, fue ahorcada junto con su perro tras un juicio que la encontró culpable en el cargo de zoofilia.
La zoofilia en la literatura.
-En la obra Las mil y una noches, se relatan dos escenas manifiestas de zoofilia.
En 1973, el dramaturgo Peter Shaffer escribió la obra Equus en la que uno de los protagonistas es un adolescente que siente fascinación sexual y religiosa por los caballos.
-Se dice que el gran escritor italiano Gabriele D´Annunzio,sodomizaba a un pato mientras le cortaba el cuello y, con los estertores del ave,llegaba al orgasmo.

Preguntas de aplicación

1- ¿Qué crees que sucedió hacia el final de cuento La venganza del cóndor de Ventura García Calderón?
2- ¿Cómo definirías un cuento fantástico a partir del relato La llama blanca de Ventura García Calderón?
3- ¿Por qué piensas que la zoofilia es una práctica penalizada por la civilización y sin embargo presente en la literatura?

jueves, 15 de marzo de 2012

SÍLABUS


Sílabo de: LITERATURA PERUANA Y LATINOAMERICANA.

1. INFORMACIÓN GENERAL

Asignatura : Literatura Peruana y Latinoamericana.
Créditos : 4
Pre – requisitos : Ninguno
Carrera(s) Profesional(es) : Comunicación-Tercer ciclo.
Horas de clases : 4 semanales
Duración (inicio - fin) : 23 de abril- 08 de setiembre.
Semestre o Ciclo : 2011-I
Profesor(es) : Martin Cervetto.
martincervetto@live.com



2. DESCRIPCIÓN Y FUNDAMENTACIÓN

El curso de Literatura Peruana y Latinoamericana forma parte del plan curricular de los alumnos de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Peruana de las Américas. Consta de elementos teóricos y prácticos cuyo objetivo fundamental es el de familiarizar a los estudiantes con el proceso de la literatura peruana y latinoamericana, desde sus albores en la época pre- hispánica hasta el fenómeno contemporáneo del Boom latinoamericano.
Teniendo en cuenta la importancia del lenguaje literario para el desarrollo de la capacidades creativas y para el dominio de las competencias lingüísticas que todo comunicador debe constantemente evidenciar, el presente curso es de suma relevancia en la formación académica del futuro profesional de las comunicaciones.
El curso, por tanto, pondrá énfasis en el desarrollo de las capacidades comunicativas de los estudiantes, tanto a nivel oral como escrito, así como de las competencias lingüísticas que les permitan una óptima comprensión y producción de textos.



3. PROGRAMACIÓN DE UNIDADES TEMÁTICAS

El libro que se leerá en la primera parte del curso será el drama quechua Ollantay, publicado en el blog http://frentealmarinsomne.blogspot.com/.

FECHA CONTENIDO DURACIÓN ESTRATEGIAS METODOLÓGICAS EVALUACIÓN CRITERIOS INSTRUMENTOS

Martes 24 de abril 1. Presentación del curso. 30 min. Exposición de los criterios metodológicos y de evaluación. El alumno demostrará que se ha familiarizado con los objetivos del curso. Lectura del sílabo.Exposición y preguntas.
La comprensión lectora.
2. Teoría literaria I. 1 h. y 10 min. Lectura del primer módulo: extracto de unas declaraciones de Vargas Llosa y de los diálogos El Ión y La República de Platón. -Se preguntará oralmente a los alumnos sobre el contenido de las lecturas.
-Trabajo de grupo sobre preguntas relacionadas con las mismas. Los alumnos habrán leído el módulo en el blog creado por el profesor especialmente para el curso: http://frentealmarinsomne.blogspot.com/.

Miércoles 25 de abril 3. Teoría literaria II. 1h. 40min. Segundo módulo sobre los planteamientos de Miguel Ángel Huamán. - Se preguntará oralmente a los alumnos sobre los contenidos del módulo. Los alumnos habrán leído el módulo en el blog creado por el profesor especialmente para el curso: http://frentealmarinsomne.blogspot.com/

Miércoles 2 de mayo 4. Teoría literaria III. 1h. 40min. Tercer módulo: Tipos de narrador. - Se preguntará oralmente a los alumnos sobre los contenidos del módulo y se leerá en clase un cuento de Julio Cortázar: Axolotl. Los alumnos habrán leído el tercer módulo en el blog.

Martes 8 de mayo Literatura pre- hispánica 1. 1h. 40min. Cuarto módulo: Ollantay
- Los alumnos serán capaces de identificar la trama, los personajes principales y los tipos de narrador del texto. Los alumnos habrán leído el drama quechua Ollantay en el blog.

Miércoles 9 de mayo. Literatura pre-hispánica 1.
1h. 40min. Cuarto módulo:
Representación Ollantay. Un grupo de alumnos representará en clase un fragmento del Ollantay. Los alumnos habrán leído el drama quechua Ollantay en el blog.

Martes 15 de mayo Literatura de la conquista I. El inca Garcilaso I. 1hora.
40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 5. Se leerán algunos extractos de los Comentarios Reales recogidos también en el módulo. - Se preguntará oralmente a los alumnos sobre cuestiones relativas al módulo. Los alumnos habrán leído antes de la clase el módulo 5.

Miércoles 16 de mayo
-Literatura de la conquista I. El inca Garcilaso I.
Análisis de los 3 primeros capítulos de La tía Julia y el escribidor. 1h. 40 min. - Proyección de videos sobre el Inca Garcilaso. - Los alumnos verán los videos y responderán las preguntas planteadas. Los alumnos habrán leído antes de la clase el módulo 5 y los capítulos 1-3 del libro de Vargas LLosa.

Martes 22 de mayo. - Introducción al barroco. 1h. 40 min. - Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 6. - Se preguntará oralmente a los alumnos sobre cuestiones relativas al módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 6 antes de la clase.

Miércoles 23 de mayo. El barroco latinoamericano: Sor Juana.
Análisis de los capítulos 4- 7 de La tía Julia… 1h. 40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 7 y análisis de poemas de la autora mexicana. - La introducción al barroco utilizará la proyección de elementos audiovisuales relativos a la historia del arte. Los alumnos habrán leído el módulo 6 antes de la clase y los capítulos 3-6 del libro de Vargas LLosa.

Martes 29 de mayo Ricardo Palma y la tradición como género literario. 1h. 40 min. - Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 9. - Se proyectarán videos sobre Lima antigua. Los alumnos habrán leído el módulo 9 antes de la clase.

Miércoles 30 de mayo. Módulo 10: El modernismo latinoamericano y sus antecedentes.
Análisis de los capítulos 8- 10 de La tía Julia… 1h. 40 min. - Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 10. - Se explicará la estructura del soneto así como conceptos de métrica y rima. Los alumnos habrán leído el módulo 10 antes de la clase y los capítulos 8-10 del libro de Vargas LLosa.

Martes 5 de junio. Módulo 11: Rubén Darío y el modernismo. 1h. 40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 11.
Se comenzará a proyectar la película Total Eclipse. - Se preguntará oralmente a los alumnos sobre cuestiones relativas al módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 11 antes de la clase.

Miércoles 6 de junio. Módulo 12: El simbolismo.
Análisis de los capítulos 11- 13 de La tía Julia… 1h. 40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 12.
Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 12 antes de la clase y los capítulos 11-13 del libro de Vargas LLosa.

Martes 12 de junio. EXAMEN PARCIAL
Miércoles 13 de junio. EXAMEN PARCIAL

Martes 19 de junio. Módulo 12: El simbolismo. 1h. 40 min. Se terminará la proyección de la película. Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 12 antes de la clase.

Miércoles 20 de junio. Módulo 13: La poesía y los paradigmas de belleza. 1h. 40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 13.
Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 13 antes de la clase.

Martes 26 de junio. Módulo 14: El simbolismo en el Perú.
1h. 40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 14.
Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 14 antes de la clase.

Miércoles 27 de junio. Módulo 15: El indigenismo en la literatura peruana.
1h. 40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 15. Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 15 antes de la clase.

Martes 3 de julio. Primera lectura recomendada para el final: el futurismo.
1h. 40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo dedicado al futurismo. Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo antes de la clase.

Miércoles 4 de julio
. Módulo 16: El vanguardismo.1h. 40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 16. Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 16 antes de la clase.

Martes 10 de julio. Módulo 17: El vanguardismo en Latinoamérica.
1h. 40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo 17. Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 17 antes de la clase.

Miércoles 11 de julio. Recuento y repaso sobre el vanguardismo.
Creación de un texto vanguardista.
Primer control de lectura sobre los 15 primeros capítulos de La tía Julia… 1h. 40 min. Se sintetizarán los principales planteamientos de las corrientes vanguardistas. Los alumnos crearán un texto a partir de dichos postulados. Los alumnos habrán terminado de leer los primeros 15 capítulos de La tía Julia y el escribidor.

Martes 17 de julio. Segunda lectura recomendada: Vargas Llosa y el arte de mentir. 1h. 40 min. Exposición de los conceptos recogidos en el módulo. Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo antes de la clase.

Miércoles 18 de julio. Módulo 18: Ventura García Calderón y la zoofilia en literatura peruana.
1h. 40 min. Se profundizará en los conceptos expuestos en el módulo 18. Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 18 antes de la clase.

Martes 31 de julio. Módulo 19: La literatura fantástica latinoamericana. 1h. 40 min. Se profundizará en los conceptos expuestos en el módulo 19. Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 19 antes de la clase.

Miércoles 1 de agosto. El boom . 1h. 40 min. Se profundizará en los conceptos expuestos en el módulo 20. Se harán preguntas orales a los alumnos sobre el módulo. Los alumnos habrán leído el módulo 20 antes de la clase.

Martes 7 de agosto. Narrativa latinoamericana contemporánea. Exposiciones: Pablo Neruda, Juan Rulfo y Gabriel García Márquez.
1h. 40 min. Se analizarán textos de narrativa latinoamericana contemporánea. Las exposiciones serán grupales e interactivas. Los alumnos podrán utilizar material audiovisual para sus exposiciones.

Miércoles 8 de agosto. Poesía latinoamericana contemporánea.
Exposiciones: Jorge Luis Borges, Jorge Eduardo Eielson y Roberto Bolaño.
1h. 40 min. Se analizarán textos de poesía latinoamericana contemporánea. Las exposiciones serán grupales e interactivas. Los alumnos podrán utilizar material audiovisual para sus exposiciones.

Martes 14 de agosto
. Análisis de los textos de creación literaria de los alumnos.
Exposiciones: Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes y, Alfredo Bryce. 1h. 40 min. Las exposiciones serán grupales e interactivas. Los alumnos habrán presentado con anticipación textos de creación literaria, los cuales formarán parte de un módulo dedicado a los mismos.

Miércoles 15 de agosto. Repaso.
Exposiciones: Jaime Bayly, Federico Andahazi y Mario Bellatin.
1h. 40 min. Se analizarán textos de narrativa latinoamericana contemporánea. Los alumnos podrán utilizar material audiovisual para sus exposiciones.

Martes 21 de agosto
EXAMEN FINAL 1h. 40 min. Serán materia de examen los módulos del 11 al 20 así como la totalidad de la novela La tía Julia y el escribidor.
Miércoles 22 de agosto. EXAMEN FINAL 1h. 40 min.


4. ACTIVIDADES DE APLICACIÓN

Lectura y análisis de textos.
Producción de textos.
Producción de materiales discursivos (exposición oral).

5. MÉTODOS Y MATERIALES

El profesor diseñará una página web o blog en donde colgará los materiales a fin de que el alumno pueda leerlos antes de cada clase.
La dirección electrónica del blog es: http://frentealmarinsomne.blogspot.com/


6. EVALUACIÓN

1. Examen parcial : 25%
2. Examen final: 25%
3. Participación: 50%
Este rubro consta de los siguientes componentes:
- Asistencia y participación: 50%
- Controles de lectura: 25%
- Exposiciones: 25%

7. BIBLIOGRAFÍA

 Basadre, Jorge. Literatura Inca. París: Descleé, de Brouwer. 1938.
 Benjamin, Walter (1980). "El surrealismo: la última instancia de la inteligencia europea", pp. 41-63, en Imaginación/Sociedad, Iluminaciones I (Jesús Aguirre, traductor), Madrid: Editorial Taurus-Alfaguara, 1980.
 Burger, Peter (1974). Teoría de la vanguardia, Frankfurt am main: Suhrkamp
 Carrillo, Francisco. Enciclopedia histórica de la literatura peruana. Tomo 1: Literatura Quechua clásica (1986); Tomo 2: Cartas y cronistas del Descubrimiento y la Conquista (1987); Tomo 3: Cronistas de las guerras civiles, así como el levantamiento de Manco Inca y el de Don Lope de Aguirre llamado "la ira de Dios" (1989); Tomo 4: Cronistas del Perú Antiguo; Tomo 5: Cronistas que describen la Colonia: Las relaciones geográficas. La extirpación de idolatrías (1990); Tomo 6: Cronistas Indios y Mestizos I (1991); Tomo 7: Cronistas Indios y Mestizos II: Felipe Guamán Poma de Ayala (1992); Tomo 8: Cronistas Indios y Mestizos III: El Inca Garcilaso de la Vega (1996); Tomo 9: Cronistas de convento, cronistas misioneros y cronistas regionales (1999). Lima: Horizonte.
  Cornejo Polar, Antonio [y] Cornejo Polar, Jorge. Literatura peruana, Siglo XVI a Siglo XX. Berkeley-Lima: Latinoamericana. 2000.
  Cornejo Polar, Antonio. Escribir en el aire: ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas. Lima: Horizonte. 1994.
  Cornejo Polar, Antonio. La formación de la tradición literaria en el Perú. Lima: CEP. 1989.
 Da Silva Brito, Mario (1997). História do Modernismo brasileiro, antecedentes da semana de Arte moderna, 6° edición, Rio de Janeiro: BCD Uniáo Editores.
 García-Bedoya Maguiña, Carlos. Para una periodización de la literatura peruana. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos. 1990.
 García-Bedoya Maguiña, Carlos. La literatura peruana en el periodo de estabilización colonial (1580-1780). Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos. 2000.
 Guamán Poma de Ayala, Felipe de. El primer nueva corónica y buen gobierno. 1615/1616. København, Det Kongelige Bibliotek, GKS 2232 4°. Facsímil del manuscrito autógrafo, transcripción anotada, documentos y otros recursos digitales.
 Grupo poético Noble Katerba: Persistencia Vital: Noble Katerba, Ed. Casa Barbieri, Lima, 2007 (un tomo)
 Lienhard, Martin. La voz y su huella. Escritura y conflicto étnico-cultural en América Latina. 1492-1988.. Lima: Horizonte. 1992.
 Porras Barrenechea, Raúl. Los cronistas del Perú (1528-1650). Lima: Sanmartí Impresores. 1962.
 Porras Barrenechea, Raúl. Las relaciones primitvas de la conquista del Perú. Lima: s/e. 1967.
 Rama, Ángel, Transculturación narrativa en América Latina, México, Siglo XXI, 1982.
 Sánchez, Luis Alberto. La literatura peruana, derrotero para una historia espiritual del Perú. Buenos Aires: Guaranía. 1950.
 Sánchez, Luis Alberto. Nueva historia de la literatura americana. Lima: Edición del autor. 1987.
 Tamayo Vargas, Augusto. Literatura peruana. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos. 1965.


LIBROS EN RED

http://www.alternativabolivariana.org/pdf/carpentier_viaje_semilla.pdf
http://ar.geocities.com/ProyectoInacayal/cuerpo_BibliotecaInacayal.html
http://www.portalplanetasedna.com.ar/psicologia1.htm
http://www.librosgratisweb.com/librospornombre.html


COMENTARIO REALES: INCA GARCILASO DE LA VEGA

• http://cvc.cervantes.es/lengua/thesaurus/pdf/47/TH_47_002_061_0.pdf
• http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01371852122384963002257/210213_0059.pdf
• http://www.escritos.buap.mx/escri33/franciscoramirez.pdf
• http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/metaotre.html
• http://www.staff.uni-mainz.de/lustig/texte/antologia/garcilas.htm

ARTÍCULOS SOBRE: SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ


• http://www.avantel.net/~eoropesa/html/poesia/sjuana1.html
• http://www.los-poetas.com/l/sor3.htm
• http://www.geocities.com/usako76/sor_juana/index.html
• http://www.filosofia.tk/versoados/his_esp_barroco.htm
• http://www.lluisvives.com/servlet/SirveObras/jines/56819513212392774654679/p0000001.htm
• http://www.usfq.edu.ec/liberarte/05/respuesta.html
• http://www.clublectores.com/biografias/sorjuana.htm
• http://www.ensayistas.org/antologia/XVII/sorjuana/sorjuana1.htm

ARTICULOS: MOVIMIENTOS DE VANGUARDIA

• http://academics.hputx.edu/modlang/LHModYVanguardia.html
• http://faculty-staff.ou.edu/L/A-Robert.R.Lauer-1/ArteSigloXX.html
• http://www.cervantesvirtual.com/portal/bnc/huidobro/huidobro.shtml
• http://www.lehman.edu/ciberletras/v07/veres.html
• http://es.wikipedia.org/wiki/Naturalismo
• http://www.monografias.com/trabajos16/modernismo-literario/modernismo-literario.shtml
• http://www.hiru.com/es/literatura/literatura_08400.html
• http://www.canalsocial.net/GER/ficha_GER.asp?id=9476&cat=literatura
• http://foros.monografias.com/showthread.php?t=18562
• http://home.wlu.edu/~barnettj/Holding/01/phillipsg/sigloXIX_romanticismo.htm
• http://html.rincondelvago.com/movimientos-literarios-hispanoamericanos.html

ARTÍCULOS SOBRE VANGUARDIA LATINOAMERICANA

• http://www.lehman.edu/ciberletras/v07/veres.html
• http://www.saber.ula.ve/bitstream/123456789/18837/1/articulo2.pdf
• http://html.rincondelvago.com/vanguardismo-literario.html
• http://www.monografias.com/trabajos11/vangua/vangua.shtml
• http://es.wordpress.com/tag/vanguardia-latinoamericana/
• http://www.javeriana.edu.co/Facultades/C_Sociales/Facultad/sociales_virtual/publicaciones/arena/vanguardia.htm
• http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0716-58112005000100003&script=sci_arttext
• http://www.scielo.org.ve/scielo.php?pid=S0254-16372008000200007&script=sci_arttext

ARTICULOS SOBRE MODERNIDAD


• http://servicio.cid.uc.edu.ve/postgrado/manongo19/19-12.pdf
• http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/silen.html
• http://html.rincondelvago.com/modernidad_crisis.html
• http://www.wikisociales.cl/index.php?title=Habermas%2C_%22La_modernidad:_Su_conciencia_del_tiempo_y_su_necesidad_de_autocercioramiento%22
• http://www.robertexto.com/archivo/teoria_modernidad.htm
• http://www.nietzscheana.com.ar/discurso_filosofico_modernidad.htm
• http://usuarios.lycos.es/politicasnet/autores/habermas.htm
• http://labola.wordpress.com/2008/01/23/habermas-el-discurso-filosofico-de-la-modernidad-y-la-critica-a-foucault-por-adolfo-vasquez-rocca/
• http://trabajosfernandovera.blogspot.com/2005/10/la-modernidad-incompleta-segn-habermas.html
• http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/letras23/notas/sec_2.html
• http://www.decrecimiento.info/2007/04/qu-es-la-modernidad.html
• http://es.wikipedia.org/wiki/Modernidad

ARTICULOS SOBRE POSMODERNIDAD

• http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/dussel54.pdf
• http://aquileana.wordpress.com/2008/01/17/sssss/
• http://es.wikipedia.org/wiki/Posmodernidad
• http://sepiensa.org.mx/contenidos/2006/l_posmo/posmo_2.htm

CONSULTAR:

• http://lacoctelera.com/boomlatinoamericano/categoria/principales-representantes
• http://saber.ula.ve/db/ssaber/Edocs/pubelectronicas/investigacion/inum8/gonzalez_a.pdf
• http://analisisliterarioupelipb.blogspot.com
• http://sincronia.cucsh.udg.mx/reyes06.htm
• http://.hist.puc.cl/iaspm/mexico/articulos/Rodriguez.pdf
• http://.udenar.edu.co/ceilat/proyeccion/congreso2/ponencias/ponencia19.pdf
• http://www.correodelmaestro.com/anteriores/2005/octubre/2anteaula113.htm
• http://www.ronaldflores.com/2007/05/02/hombres-de-maiz/





viernes, 6 de mayo de 2011

Segunda lectura recomendada. Vargas Llosa. El arte de mentir

EL ARTE DE MENTIR


Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que escribía "era verdad". Aunque mis respuestas satisfacen a veces a los curiosos, a mí me queda rondando, cada vez que contesto a esa pregunta, no importa cuán sincero sea, la incómoda sensación de haber dicho algo que nunca da en el centro del blanco.
Si las novelas son ciertas o falsas importa a la gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con eI argumento de que esos Iibros disparatados y absurdos -es decir, mentirosos- podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios. Por esta razón, los hispanoamericanos leyeron ficciones de contrabando durante trescientos años y la primera novela que,
con tal nombre, se publicó en América española apareció sólo después de la independencia (en México, en 1816). Al prohibir no unas obras determinadas sino un género Iiterario en abstracto, el Santo Oficio estableció algo que a sus ojos era una ley sin excepciones: que las novelas siempre mienten, que todas elIas ofrecen una visión falaz de la vida.
Hace años escribí un trabajo ridiculizando a-esos--fanáticos arbitrarios, capaces de una generalización semejante. Ahora pienso que los inquisidores españoles fueron los primeros en entender -antes que los críticos y que los propios novelistas la naturaleza de la ficción y sus propensiones sediciosas.

En efecto, las novelas mienten -no pueden hacer otra cosa- pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que no es. Dicho así, esto tiene el aire de un galimatías.
Pero, en realidad, se trata de algo muy sencillo. Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos -ricos o pobres, geniales o mediocres,
celebres u oscuros- quisieran una vida distinta de la que llevan. Para aplacar -tramposamente- ese apetito nacieron las ficciones. ElIas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En eI embrión de toda novela hay una inconformidad y un deseo inalcanzado. (Significa esto que novela es sinónimo de irrealidad?
(Que los introspectivos bucaneros de Conrad, los morosos aristócratas proustianos, los anónimos hombrecillos castigados por la adversidad de Kafka y los eruditos metafísicos de los cuentos de Borges nos exaltan o nos
conmueven porque no tienen nada que ver con nosotros, porque nos es imposible identificar sus experiencias con las nuestras? Nada de eso. Conviene pisar con cuidado, pues este camino -el de la verdad y la mentira en el mundo de la ficción- está sembrado de trampas y los invitadores oasis suelen ser espejismos.
¿Qué quiere decir que una novela siempre miente? No lo que creyeron los oficiales y cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado, donde -en apariencia, al menos- sucede mi primera novela, La ciudad y los perros, que quemaron el libro acusándolo de calumnioso a la institución. Ni lo que pensó mi primera mujer aI leer otra de mis novelas, La tía Julia y el escribidor, y que,
sintiéndose incorrectamente retratada en elIa, ha pubIicado luego un libro que pretende restaurar la verdad alterada por la ficción. Desde luego que en ambas historias hay más invenciones, tergiversaciones y exageraciones que recuerdos y que, al escribirlas, nunca pretendí ser anecdóticamente fiel a unos hechos y personas anteriores y ajenos a la novela. En ambos casos, como en todo lo que he escrito, partí de algunas experiencias aún vivas en mi memoria y estimulantes para mi imaginación y -fantaseé algo que refleja de manera muy infiel esos materiales de trabajo: No -se escriben novelas
para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo. En las novelitas del francés Restif de La Bretonne la realidad no puede ser más fotográfica, elIas son un catálogo de las costumbres del siglo XVIII francés. En estos cuadros costumbristas tan laboriosos, en los que todo semeja la vida real, hay sin embargo algo diferente, mínimo y revolucionario. Que en ese mundo los hombres no se enamoran de las damas por la pureza de sus facciones, la galanura de su cuerpo, sus prendas espirituales, etc., sino, exclusivamente, por la belleza de sus pies. (Se ha llamado, por eso, "bretonismo" al fetichismo del botín.) De una manera menos cruda y explicita, y también menos consciente, todas las novelas rehacen la realidad -embelleciéndola o empeorándola- como lo hizo, con deliciosa ingenuidad, el profuso Restif. En esos sutiles o groseros agregados a la vida -en los que el novelista materializa sus obsesiones- reside la originalidad de una ficción. Ella es más profunda cuanto más ampliamente exprese una necesidad general y cuantos más sean, a lo largo del espacio y del tiempo, los lectores que identifiquen, en esos contrabandos filtrados a la vida, los oscuros demonios que los desasosiegan. ¿Hubiera podido yo, en aquellas novelas, intentar una escrupulosa exactitud con los recuerdos?
Ciertamente. Pero aún si hubiera conseguido esa proeza aburrida de sólo narrar hechos ciertos y describir personajes cuyas biografías se ajustaban como un guante a las de sus modelos, mis novelas no hubieran sido, por eso, menos mentirosas o más verdaderas de lo que son.
Porque no es la anécdota lo que en esencia decide la verdad o la mentira de una ficción. Sino que ella no sea vivida sino escrita, que esté hecha de palabras y no de experiencias vivas. AI traducirse en palabras, los hechos sufren una modificación profunda. EI hecho real -Ia sangrienta batalla en la que tomé parte, el perfil gótico de la muchacha que amé- es uno, en tanto
que los signos que pueden describirlo son innumerables. AI elegir unos y descartar otros, el novelista privilegia una y asesina otras mil posibilidades o versiones de aquello que describe: esto, entonces, muda de naturaleza, lo que describe se convierte en lo descrito. ¿Me refiero sólo al caso del escritor realista, aquella secta, escuela o tradición a la que pertenezco cuyas novelas relatan sucesos que los lectores pueden reconocer como posibles a través de su propia experiencia de la realidad?

Parecería, en efecto, que para el novelista de estirpe fantástica, que describe mundos irreconocibles y notoriamente inexistentes, no se plantea siquiera el cotejo entre la realidad y la ficción. Lo cierto es que sí se plantea,
pero de otra manera. La "irreaIidad" de la Iiteratura fantástica se vuelve, para el lector, símbolo o alegoría, es decir, representación de realidades, de experiencias que se puede identificar como posibles en la vida. Lo importante es esto: no es el carácter "realista" o "fantástico" de una anécdota lo que traza la línea fronteriza entre verdad y mentira en la ficción.
A esta primera modificación -la que imprimen las palabras a los hechos- se entrevera una segunda, no menos radical: la del tiempo. La vida real fluye y no se detiene, es inconmensurable, un caos en el que cada historia se mezcla con todas las historias y por lo mismo no empieza ni termina jamás. La vida de la ficción es un simulacro en el que aquel vertiginoso desorden se torna orden: organización, causa y efecto, fin y principio.
La soberanía de una novela no está dada sólo por el lenguaje en que está escrita. También, por su sistema temporal, la manera cómo discurre en ella la existencia: cuándo se detiene y cuándo se acelera y cuál es la perspectiva cronológica del narrador para describir ese tiempo narrado. Si entre las palabras y los hechos hay una distancia, entre el tiempo real y el de una ficción hay siempre un abismo. EI tiempo novelesco es un artificio fabricado para conseguir efectos psicológicos. En él el pasado puede ser posterior al presente -el efecto preceder a la causa- como en ese relato de Alejo Carpentier, Viaje a la semilla, que comienza con la muerte de un hombre anciano y continúa hasta su gestación, en el claustro materno; o ser
sólo pasado remoto que nunca llega a disolverse en el pasado próximo desde el que narra el narrador, como en la mayoría de las novelas clásicas; o ser eterno presente sin pasado ni futuro, como en las ficciones de Samuel
Beckett; o un laberinto en que pasado, presente y futuro coexisten, anulándose, como en The Sound and the Fury, de Faulkner.
Las novelas tienen principio y fin y, aun en las más informes y espasmódicas, la vida adopta un sentido que podemos percibir porque ellas nos ofrecen una perspectiva que la vida verdadera, en la que estamos inmersos, no nos da jamás. Ese orden es invención, un añadido del novelista, ese simulador que aparenta recrear la vida cuando en verdad la rectifica. A veces sutil, a veces brutalmente, la ficción traiciona la vida, encapsulándola en una trama de palabras que la reducen de escala y la
ponen al alcance del lector. Este puede, así, juzgarla, entenderIa, y, sobre todo, vivirla con una impunidad que la vida verdadera no Ie consiente.
¿Que diferencia hay, entonces, entre una ficción y un reportaje periodístico o un libro de historia? ¿ No están compuestos ellos de palabras? ¿No encarcelan acaso en el tiempo artificial del relato ese torrente sin riberas, el tiempo real? Se trata de sistemas opuestos de aproximación a lo real: en tanto que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos géneros no pueden dejar de ser sus escIavos. La noción de verdad o mentira funciona de manera distinta en ambos casos. Para el periodismo o la historia, depende del cotejo entre lo escrito y la realidad que la inspira: a más cercanía más verdad y a más distancia más mentira. Decir que la Historia de la Revolución Francesa de Michelet o la Historia de la Conquista del Perú de Prescott son "novelescas" es vejarIas, insinuar que carecen de seriedad. Documentar los errores históricos de La guerra y la paz sobre las guerras napoleónicas sería una perdida de tiempo: la verdad de la novela no depende de eso. ¿De qué, entonces?, De su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia.! Toda buena novela dice Ia .verdad y toda mala novela miente. Porque "decir la verdad" para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y "mentir” ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o, más bien, de una ética sui generis, para la cual verdad o mentira son conceptos excIusivamente estéticos. Arte "enajenante", es de constitución anti-brechtiana: si no hay "ilusión" no hay novela. De lo que Ilevo dicho, parecería desprenderse que la ficción es una fabulación gratuita, una prestidigitación sin trascendencla. Todo lo contrario: por delirante que sea, hunde sus raíces en la experiencia humana, de la que se nutre y a la que alimenta. Un tema recurrente en la historia de la ficción es: el riesgo que entraña tomar al pie de la letra lo que dicen las novelas, creer que la vIda es como ellas la describen. Los libros de caballerías queman el seso al Quijote y lo lanzan a los caminos a alancear molinos de viento y la tragedia de Emma Bovary no hubiera ocurrido si el personaje de FIaubert no intentara parecerse a las heroínas de las novelitas románticas que lee. Por creer que la realidad es como las ficciones, Alonso Quijano y Emma sufren terribles quebrantos. ¿Los condenamos por ello? No, sus historias nos conmueven y nos admiran: su empeño imposible de vivir la ficción nos parece personificar una actitud idealista que honra a la especie. Porque querer ser distinto de lo que se es, es la aspiración humana por excelencia. De ella ha nacido lo mejor y lo peor que registra la historia. De ella han nacido también las ficciones.
Cuando leemos novelas no somos eI que somos sino también los seres hechizados entre los cuales el novelista nos traslada. EI traslado es una metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras. Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y la facultad de desear mil. Ese espacio entre la vida real y los deseos y fantasías que Ie exigen ser más rica y diversa es el que ocupan las ficciones. En el corazón de todas ellas lIamea una protesta. Quien las fabuló lo hizo porque no pudo vivirlas y quien las lee (y las cree) encuentra en sus fantasmas las caras y aventuras que necesitaba para aumentar su vida. Esa es la verdad que expresan las mentiras de las ficciones: las mentiras que somos, las que nos consuelan y desagravian de nuestras nostalgias y frustraciones. ¿ Qué confianza podemos prestar, pues, al testimonio de las novelas sobre la sociedad que las produjo? ¿Eran esos hombres así? Lo eran, en el sentido de que así querían ser, de que así se veían amar, sufrir y gozar. Esas mentiras no documentan sus vidas sino los demonios que las soliviantaron, los sueños en que se embriagaron para que la vida que vivían fuera mas llevadera. Una época no está poblada sólo de seres de carne y hueso; también de los fantasmas en que se mudan para romper las barreras que los limitan.
Las mentiras de las novelas no son gratuitas: lIenan las insuficiencias de la vida. Por eso cuando la vida parece pIena y absoluta y, gracias a una fe que todo lo justifica y absorbe, los hombres se conforman con su destino, las novelas no cumplen servicio alguno. Las culturas religiosas producen poesía, teatro, no novelas.
La ficción es un arte de sociedades donde la fe experimenta alguna crisis, donde hace falta creer en algo, donde la visión unitaria, confiada y absoluta ha sido sustituida por una visión resquebrajada y una incertidumbre sobre el mundo en que se vive y el trasmundo.
Además de amoralidad, en las entrañas de las novelas anida cierto escepticismo. Cuando la cultura religiosa entra en crisis, la vida parece escurrirse de los esquemas, dogmas, preceptos que la sujetaban y se vuelve caos: ese es el momento privilegiado para la ficción.
Sus órdenes artificiales proporcionan refugio, seguridad, y en ellos se despliegan, libremente, aquellos apetitos y temores que la vida real incita y no alcanza a saciar o conjurar. La ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos. Lo que quiere decir que a la vez que aplacan transitoriamente la insatisfacción humana, las ficciones también la azuzan, espoleando la imaginación.
Los inquisidores españoles entendieron el peligro. Vivir las vidas que uno no vive es fuente de ansiedad, un desajuste con la existencia que puede tornarse rebeldía, actitud indócil frente a lo establecido. Es comprensible que los regímenes que aspiran a controlar totalmente la vida, desconfíen de las ficciones y las sometan a censuras. Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad.
Londres, junio 1984

jueves, 5 de mayo de 2011

Módulo 19. Técnicas literarias y periodismo

De Artículos Periodísticos Y De Sus Autores
Enrique Arias Vega
El articulismo es un vicio. Como el consumo de drogas, el juego o el sexo, puede convertirse en una psicopatía que enganche a su practicante y ya no le permita escapar de ella.
La comparación puede parecer exagerada. Hasta ridícula, si me apuran. Pero ya me dirán a qué vienen, si no, tantos blogs que inundan hoy día el espacio cibernético. Muchos articulistas eran antes meros autores de cartas a los directores de periódicos. Otros son políticos, intelectuales y gentes del común que han encontrado en la red electrónica un territorio sin fronteras donde exponer sus puntos de vista. Finalmente, también hay columnistas digamos que convencionales, los cuales han cambiado de medio expresivo o ampliado a él el soporte de sus reflexiones para conseguir así una mayor audiencia interactiva, que dicen.
En cualquier caso, el común denominador de toda esta fauna en la que me incluyo es la vanidad. Legítima, si se quiere, pero vanidad al fin y al cabo. Eso de poder contar las verdades de uno hasta al lucero del alba proporciona un placer especial e irrepetible. Luego resulta que casi nadie se entera de lo que uno dice, pero ése es otro cantar, intrascendente, incluso, para la satisfacción onanista del propio ego.
Pues bien. Llevado de esa malformación no sé si genética o adquirida, llevo escribiendo artículos, con mayor o menor intermitencia, desde hace cuarenta años. El articulismo es un género a caballo entre el periodismo y la literatura que han ejercido de forma virtuosa escritores a los que uno admira profundamente: en los dos últimos siglos, desde Mariano José de Larra a Manolo Vázquez Montalbán, pasando por Wenceslao Fernández Flórez.
La elaboración de los artículos, en principio, no parece que sea demasiado complicada. Uno de los mejores ejercientes del oficio, el exquisito dandy César González Ruano, explicaba a mediados del siglo pasado que “un artículo es como una morcilla: dentro puedes meter lo que quieras, pero tiene que estar bien atado por los dos extremos”. La suya, claro, es una manera cínica de mostrar un aristocrático desdén hacia lo que uno hace; lo cual, obviamente, constituye la más refinada de las vanidades.
El depositario de aquella confidencia de Ruano, Paco Umbral, es a su vez un prolífico autor y un magnífico columnista. Su caso demuestra mejor que ningún otro que el articulismo es una cuestión de estilo. Innovador del lenguaje y creador de expresiones y giros literarios, en la estela de Valle-Inclán, en Umbral predomina la forma sobre el fondo. Tanto es así, que ha podido decirse de él que lleva cuarenta años escribiendo un mismo y único artículo, modulándolo y adaptándolo en el tiempo, y troceándolo con meticulosa constancia para depositar luego la correspondiente dosis diaria en la página de su periódico. Se trataría, pues, de un artículo permanente e inacabado.
Éstas, como ven, son opiniones subjetivas y tremendamente osadas, además. Es lo que precisamente permite el género periodístico que comentamos: gracias a su brevedad, al estilo liviano en que se sustenta y a su carácter fugaz, pueden formularse semejantes aserciones injustificadas que en un ensayo, en cambio, exigirían páginas y páginas de eruditas explicaciones en que basarse.
A SHARON STONE
MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN
Marie Claire, Julio 1997
________________________________________
De parte de Manuel Vázquez Montalbán, escritor hispanocatalán y tal vez europeo o euroafricano, para ser más exacto.
Desde que la vi en «Instinto básico» me enamoré de usted con una intensidad sólo equivalente a la que en el pasado había sentido por Rita Hayworth en «Salomé» o por Fane Dunaway en «Bonnie and Clyde». Yo sólo puedo enamorarme de las estrellas del cine porque por las mujeres cotidianas sólo experimento compasión o nostalgia de alguna pasada compasión, en el supuesto caso de que el amor no sea un cóctel de compasión, nostalgia y unas gotas de la angostura del autoengaño. Me enamoré de usted a partir del momento en que cruza las piernas ante los policías, estrangulados aquellos hombres por ese tumor de deseo que suelen provocar las mujeres que se abren de piernas para insinuarse poseedoras de «la puerta estrecha que conduce a la ciudad doliente», metáfora dantesca, víctima el pobre Dante del terror católico al sexo femenino, único posible paraíso real capaz de competir con todos los paraísos virtuales controlados por las religiones, la telemática la última…Es usted la mejor «madre desnuda» de este fin de milenio, aunque en lontananza ya se insinúa una competidora que aún no ha acabado de connotarse en mi consciente de aprendiz de estrangulador de Boston. Me refiero a Emmanuel Beart, ante la que me contiene el haber amado en el pasado las canciones de su padre. ¿Es legítimo amar a la hija de uno de tus cantautores preferidos? No lo tengo claro y, mientras lo decido, dejo constancia de que usted reina en mi mirada interior cada vez que emprendo el viaje hacia el imaginario de la Ciudad del Sol.
Quedo a su entera o parcial disposición . martes, 15 de noviembre de 2005
Apuntes del Más Allá
Por Eduardo Galeano

Informaciones útiles. La tradición islámica prohíbe tomar vino en la Tierra, pero el Corán promete vino incesante en el Cielo. El Corán, que condena el adulterio en la Tierra, también promete bellas vírgenes y apuestos mancebos, disponibles en cantidad, para el goce eterno en el Jardín del Deleite que aguarda a los muertos virtuosos.
La tradición católica, amiga del vino en el Más Acá, no ofrece vino en el Más Allá, donde los elegidos de Dios serán sometidos a una dieta de leche y miel. Y según el dictamen del papa Juan Pablo II, en el Paraíso los hombres y las mujeres estarán juntos, pero “serán como hermanos”.
Por influencia de la vida ultraterrena o por otros motivos, hay 1300 millones de musulmanes y 1000 millones de católicos.
Pero quien mejor conoce el Cielo no es musulmán, ni católico. El telepredicador evangelista Billy Graham, cuyas luces orientan al presidente Bush en las tinieblas de este mundo, es el único ser humano que ha sido capaz de medir el reino de Dios. La Billy Graham Evangelistic Association, con sede en Minneapolis, ha revelado que el Paraíso mide mil quinientas millas cuadradas.
A fines del siglo veinte, una encuesta de Gallup indicó que ocho de cada diez estadounidenses creen que los ángeles existen. Un científico del American Institute of Physics (College Park, Md) aseguró que es imposible que más de diez ángeles puedan bailar al mismo tiempo en una cabeza de alfiler, y dos colegas del Departamento de Física Aplicada de la Universidad de Santiago de Compostela informaron que la temperatura del infierno es de 279 grados.
Mientras tanto, los servicios de telecomunicaciones de Israel dieron a conocer el número del fax de Dios (00972-25612222) y su sitio en Internet (www.kotelkam.com).
Página/12, Argentina.
El Paso, un peruano en el desierto de Texas Por Francisco Estrada
Fuente: Peru21, Lima 11/01/06
Miguel Ildefonso ganó el V Concurso Nacional de Cuento Premio Asociación Peruano Japonesa con su libro El Paso.

Su computadora reproducía videos del 'bello' David Bowie y, más arriba, un retrato del 'impresentable' Charles Bukowski dominaba la habitación del poeta Miguel Ildefonso. Por un momento, parecía que éramos parte de su libro de cuentos El Paso, donde es posible seducir a un travesti que, en realidad, es Lou Reed, o cantar, bien borracho, junto a José José, en una cantina cerca de la frontera entre Estados Unidos y México, o ser feliz bailando el Noa Noa...

Estas historias, inspiradas -en su mayor parte- en las experiencias que obtuvo Ildefonso mientras hacía una maestría en El Paso, Texas, le han permitido debutar con el pie derecho en la narrativa y ganar el V Concurso Nacional de Cuento Premio Asociación Peruano Japonesa. "Si me he demorado tanto en escribir en prosa es porque quería estar seguro de poder hacerla a mi gusto, bien musical", explica. Por ello no es gratuito que sea difícil definir algunas de las historias breves de El Paso como cuentos o poemas. "A diferencia de lo que hacía con la poesía, ahora soy más consciente del lector", refiere Ildefonso, pero su vocación poética lo traiciona -aunque sanamente-, pues su prosa se enriquece y conduce a viajes parecidos a los que enseñaba el Don Juan, de Carlos Castañeda, aunque a través de la lectura y sin peyotes psicotrópicos de por medio.

martes, 26 de abril de 2011

Primera lectura recomendada. Eagleton, Terry.

Terry Eagleton – Una introducción a la teoría literaria
5
INTRODUCCIÓN: ¿QUÉ ES LA LITERATURA?
En caso de que exista algo que pueda denominarse teoría literaria, resulta obvio que hay
una cosa que se denomina literatura sobre la cual teoriza. Consiguientemente podemos principiar
planteando la cuestión ¿qué es literatura?
Varias veces se ha intentado definir la literatura. Podría definírsela, por ejemplo, como obra
de "imaginación", en el sentido de ficción, de escribir sobre algo que no es literalmente real. Pero
bastaría un instante de reflexión sobre lo que comúnmente se incluye bajo el rubro de literatura
para entrever que no va por ahí la cosa. La literatura inglesa del siglo XVII incluye a Shakespeare,
Webster, Marvell y Milton, pero también abarca los ensayos de Francis Bacon, los sermones de
John Donne, la autobiografía espiritual de Bunyan y aquello —llámese como se llame— que
escribió Sir Thomas Browne. Más aún, incluso podría llegar a decirse que comprende el Leviatan de
Hobbes y la Historia de la rebelión de Clarendon. A la literatura francesa del siglo XVII pertenecen,
junto con Corneille y Racine, las máximas de La Rochefoucauld, las oraciones fúnebres de Bossuet,
el tratado de Boilean sobre la poesía, las cartas que Madame de Sevigné dirigió a su hija, y también
los escritos filosóficos de Descartes y de Pascal. En la literatura inglesa del siglo XIX por lo general
quedan comprendidos Lamb (pero no Bentham), Macaulay (pero no Marx), Mili (pero no Darwin
ni Herbert Spencer).
El distinguir entre "hecho" y "ficción", por lo tanto, no parece encerrar muchas
posibilidades en esta materia, entre otras razones (y no es ésta la de menor importancia), porque se
trata de un distingo a menudo un tanto dudoso. Se ha argüido, pongamos por caso, que la
oposición entre lo "histórico" y lo "artístico" por ningún concepto se aplica a las antiguas sagas
islándicas1. En Inglaterra, a fines del siglo XVI y principios del XVII, la palabra "novela" se
empleaba tanto para denotar sucesos reales como ficticios; más aún, a duras penas podría aplicarse
entonces a las noticias el calificativo de reales u objetivas. Novelas e informes noticiosos no eran ni
netamente reales u objetivos ni netamente novelísticos. Simple y sencillamente no se aplicaban los
marcados distingos que nosotros establecemos entre dichas categorías2. Sin duda Gibbon pensó
que estaba consignando verdades históricas, y quizá pensaron lo mismo los autores del Génesis.
Ahora algunos leen esos escritos como si se tratase de hechos, pero otros los consideran “ficción”.
Newman, ciertamente, consideró verdaderas sus meditaciones teológicas, pero hoy en día muchos
lectores las toman como "literatura". Añádase que si bien la literatura incluye muchos escritos
objetivos excluye muchos que tienen carácter novelístico. Las tiras cómicas de Superman y las
novelas de Mills y Boon refieren temas inventados pero por lo general no se consideran como
obras literarias y ciertamente, quedan excluidos de la literatura. Si se considera que los escritos
“creadores" o "de imaginación" son literatura, ¿quiere esto decir que la historia, la filosofía y las
ciencias naturales carecen de carácter creador y de imaginación?
Quizá haga falta un enfoque totalmente diferente. Quizá haya que definir la literatura no
con base en su carácter novelístico o “imaginario” sino en su empleo característico de la lengua. De
acuerdo con esta teoría, la literatura consiste en una forma de escribir, según palabras textuales del
crítico ruso Roman Jakobson, en la cual "se violenta organizadamente el lenguaje ordinario". La
literatura transforma e intensifica el lenguaje ordinario, se aleja sistemáticamente de la forma en
que se habla en la vida diaria. Si en una parada de autobús alguien se acerca a mi y me murmura al
oído: “Sois la virgen impoluta del silencio”, caigo inmediatamente en la cuenta de que me hallo en
presencia de lo literario. Lo comprendo porque la textura, ritmo y resonancia de las palabras
exceden, por decirlo así, su significado “abstraíble” o bien, expresado en la terminología técnica de
los lingüistas, porque no existe proporción entre el significante y el significado. El lenguaje
1 Cf M I Steblin-Kamenskij, The Saga Mind (Odense, 1973)
2 Cf. Lennard J. Davis, “A Social History of Fact and Fiction: Authorial Disavowal in the Early English Novel”, en Edward W. Said
(comp ) Literature and Society (Baltimore y Londres, 1980).
Terry Eagleton – Una introducción a la teoría literaria
6
empleado atrae sobre sí la atención, hace gala de su ser material, lo cual no sucede en frases como
"¿No sabe usted que hay huelga de choferes?''.
De hecho, esta es la definición de lo "literario" que propusieron los formalistas rusos, entre
cuyas filas figuraban Viktor Shklovsky, Roman Jakobson, Osip Brik, Yury Tynyanov, Boris
Eichenbaum y Boris Tomashevsky. Los formalistas surgieron en Rusia en los años anteriores a la
revolución bolchevique de 1917, y cosecharon laureles durante los años veinte, hasta que Stalin les
impuso silencio. Fue un grupo militante y polémico de críticos que rechazaron las cuasi místicas
doctrinas simbolistas que anteriormente habían influido en la crítica literaria, y que con espíritu
científico práctico enfocaron la atención a la realidad material del texto literario. Según ellos la
crítica debía separar arte y misterio y ocuparse de la forma en que los textos literarios realmente
funcionan. La literatura no era una seudorreligión, psicología o sociología sino una organización
especial del lenguaje. Tenía leyes propias específicas, estructuras y recursos, que debían estudiarse
en si mismos en vez de ser reducidos a algo diferente. La obra literaria no era ni vehículo
ideológico, ni reflejo de la realidad social ni encarnación de alguna verdad trascendental, era un
hecho material cuyo funcionamiento puede analizarse como se examina el de una máquina. La
obra literaria estaba hecha de palabras, no de objetos o de sentimientos, y era un error considerarla
como expresión del criterio de un autor Osip Brik dijo alguna vez —con cierta afectación y a la
ligera— que Eugenio Onieguin, el poema de Pushkin, se habría escrito aunque Pushkin no hubiera
existido.
El formalismo era esencialmente la aplicación de la lingüística al estudio de la literatura; y
como la lingüística en cuestión era de tipo formal, enfocada más bien a las estructuras del lenguaje
que a lo que en realidad se dijera, los formalistas hicieron a un lado el análisis del "contenido"
literario (donde se puede sucumbir a lo psicológico o a lo sociológico), y se concentraron en el
estudio de la forma literaria. Lejos de considerar la forma como expresión del contenido, dieron la
vuelta a estas relaciones y afirmaron que el contenido era meramente la "motivación" de la forma,
una ocasión u oportunidad conveniente para un tipo particular de ejercicio formal. El Quijote no es
un libro acerca de un personaje de ese nombre, el personaje no pasa de ser un recurso para
mantener unidas diferentes clases de técnicas narrativas. Rebelión en la granja (de Orwell) no era,
según los formalistas, una alegoría del estalinismo, por el contrario, el estalinismo simple y
llanamente proporcionó una oportunidad útil para tejer una alegoría. Esta desorientada insistencia
ganó para los formalistas el nombre despreciativo que les adjudicaron sus antagonistas. Aun
cuando no negaron que el arte se relacionaba con la realidad social —a decir verdad, algunos
formalistas estuvieron muy unidos a los bolcheviques— sostenían desafiantes que esta relación
para nada concernía al crítico.
Los formalistas principiaron por considerar la obra literaria como un conjunto más o menos
arbitrario de "recursos", a los que sólo más tarde estimaron como elementos relacionados entre si o
como "funciones" dentro de un sistema textual total. Entre los "recursos" quedaban incluidos
sonido, imágenes, ritmo, sintaxis, metro, rima, técnicas narrativas, en resumen, el arsenal entero de
elementos literarios formales. Estos compartían su efecto “enajenante” o “desfamiliarizante”. Lo
específico del lenguaje literario, lo que lo distinguía de otras formas de discurso era que
"deformaba" el lenguaje ordinario en diversas formas. Sometido a la presión de los recursos
literarios, el lenguaje literario se intensificaba, condensaba, retorcía, comprimía, extendía, invertía.
El lenguaje "se volvía extraño", y por esto mismo también el mundo cotidiano se convertía
súbitamente en algo extraño, con lo que no está uno familiarizado. En el lenguaje rutinario de
todos los días, nuestras percepciones de la realidad y nuestras respuestas a ella se enrancian, se
embotan o, como dirían los formalistas, se “automatizan”. La literatura, al obligarnos en forma
impresionante a darnos cuenta del lenguaje, refresca esas respuestas habituales y hace más
'perceptibles' los objetos. Al tener que luchar más arduamente con el lenguaje, al preocuparse por
él más de lo que suele hacerse, el mundo contenido en ese lenguaje se renueva vividamente. Quizá
la poesía de Gerard Manley Hopkins proporcione a este respecto un ejemplo gráfico. El discurso
literario aliena o enajena el lenguaje ordinario, pero, paradójicamente, al hacerlo, proporciona una
posesión más completa, más íntima de la experiencia. Casi siempre respiramos sin darnos cuenta
Terry Eagleton – Una introducción a la teoría literaria
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de ello el aire, como el lenguaje, es precisamente el medio en que nos movemos. Ahora bien, si el
aire de pronto se concentrara o contaminara tendríamos que fijarnos más en nuestra respiración, lo
cual quizá diera por resultado una agudización de nuestra vida corporal. Leemos una nota
garrapateada por un amigo sin prestar mucha atención a su estructura narrativa, pero si un relato
se interrumpe y después recomienza, si cambia constantemente de nivel narrativo y retarda el
desenlace para mantenernos en suspenso nos damos al fin cuenta de como está construido y, al
mismo tiempo, quizá también se haga más intensa nuestra participación. El relato, el argumento,
como dirían los formalistas, emplea recursos que “entorpecen" o "retardan" a fin de retener nuestra
atención. En el lenguaje literario, estos recursos "quedan al desnudo". Esto es lo que movió a Viktor
Shklovsky a comentar maliciosamente que Tristram Shandy, de Laurence Sterne, es una novela que
entorpece su propia línea narrativa a tal grado que a duras penas por fin comienza, y que “es la
novela más típica de la literatura mundial”
Los formalistas, por consiguiente, vieron el lenguaje literario como un conjunto de
desviaciones de una norma, como una especie de violencia lingüística: la literatura es una clase
"especial" de lenguaje que contrasta con el lenguaje “ordinario" que generalmente empleamos. El
reconocer la desviación presupone que se puede identificar la norma de la cual se aparta. Si bien el
lenguaje ordinario es un concepto del que están enamorados algunos filósofos de Oxford, el
lenguaje de estos filósofos tiene poco en común con la forma ordinaria de hablar de los cargadores
portuarios de Glasgow. El lenguaje que los miembros de estos dos grupos sociales emplean para
escribir cartas de amor usualmente difiere de la forma en que hablan con el párroco de la localidad.
No pasa de ser una ilusión el creer que existe un solo lenguaje “normal” , idea que comparten
todos los miembros de la sociedad. Cualquier lenguaje real y verdadero consiste en gamas muy
complejas del discurso, las cuales se diferencian según la clase social, la región, el sexo, la categoría
y así sucesivamente, factores que por ningún concepto pueden unificarse cómodamente en una
sola comunidad lingüística homogénea. Las normas de una persona quizá sean irregulares para
alguna otra. “Ginne” como sinónimo de “alleyway” (callejón) quizá resulte poético en Brighton
pero no pasa de ser lenguaje ordinario en Barnsley. Aun los textos más 'prosaicos' del siglo XV
pueden parecernos “poéticos” por razón de su arcaísmo. Si nos cayera en las manos algún escrito
breve, aislado de su contexto y procedente de una civilización desaparecida hace mucho, no
podríamos decir a primera vista si se trataba o no de un escrito “poético” por desconocer el modo
de hablar ordinario de esa civilización, y aun cuando ulteriores investigaciones pusieran de
manifiesto características que se “desvían” de lo ordinario no quedaría probado que se trataba de
un escrito poético pues no todas las desviaciones lingüísticas son poéticas. Consideremos el caso
del argot, del slang. A simple vista no podríamos decir si un escrito en el cual se emplean sus
términos pertenece o no a la literatura “realista" sin estar mucho mejor informados sobre la forma
en que tal escrito encajaba en la sociedad en cuestión.
Y no es que los formalistas rusos no se dieran cuenta de todo esto. Reconocían que tanto las
normas como las desviaciones cambiaban al cambiar el contexto histórico o social y que, en este
sentido, lo "poético" depende del punto donde uno se encuentra en un momento dado. El hecho de
que el lenguaje empleado en una obra parezca "alienante" o "enajenante" no garantiza que en todo
tiempo y lugar haya poseído esas características. Resulta enajenante sólo frente a cierto fondo
lingüístico normativo, pero si éste se modifica quizás el lenguaje ya no se considere literario. Si
toda la clientela de un bar usara en sus conversaciones ordinarias frases como “Sois la virgen
impoluta del silencio", este tipo de lenguaje dejaría de ser poético. Dicho de otra manera, para los
formalistas "lo literario" era una función de las relaciones diferenciales entre dos formas de
expresión y no una propiedad inmutable. No se habían propuesto definir la "literatura" sino lo
"literario", los usos especiales del lenguaje que pueden encontrarse en textos "literarios" pero
también en otros diferentes. Quien piense que la "literatura" puede definirse a base de ese empleo
especial del lenguaje tendrá que considerar el hecho de que aparecen más metáforas en
Manchester que en Marvell No hay recurso "literario" -metonimia, sinécdoque, lítote, inversión
retórica, etc. - que no se emplee continuamente en el lenguaje diario.
Sin embargo, los formalistas suponían que la “rarefacción" era la esencia de lo literario. Por
Terry Eagleton – Una introducción a la teoría literaria
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decirlo as, "relativizaban" este empleo del lenguaje, lo veían como contraste entre dos formas de
expresarse. Ahora bien, supongamos que yo oyera decir en un bar al parroquiano de la mesa de al
lado “Esto no es escribir, esto es hacer garabatos". La expresión ¿es “literaria” o “no literaria”?
Pues es literaria va que proviene de Hambre la novela de Knut Hamsun. Pero ¿cómo sé yo que
tiene un carácter literario? Al fin y al cabo no llama la atención por su calidad verbal. Podría decir
que reconozco su carácter literario porque estoy enterado de que proviene de esa novela de Knut
Hamsun. Forma parte de un texto que yo leí como novelístico, que se presenta como novela, que
puede figurar en el programa de lecturas de un curso universitario de literatura, y así
sucesivamente. El contexto me hace ver su carácter literario, pero el lenguaje en sí mismo carece de
calidad o propiedades que permitan distinguirlo de cualquier otro tipo de discurso, y quien lo
empleara en el bar no sería admirado por su destreza literaria. El considerar la literatura como lo
hacen los formalistas equivale realmente a pensar que toda literatura es poesía. Un hecho
significativo cuando los formalistas fijaron su atención en la prosa a menudo simplemente le
aplicaron el mismo tipo de técnica que usaron con la poesía. Por lo general se juzga que la
literatura abarca muchas cosas además de la poesía que incluye, por ejemplo, escritos realistas o
naturalistas carentes de preocupaciones lingüísticas o de llamativo exhibicionismo. A veces se
emplea el adjetivo excelente o (algún sinónimo) a un texto precisamente por que su lenguaje no
atrae inmoderadamente la atención. Se admira su sencillez lacónica o su atinada sobriedad ¿Y qué
decir sobre los chascarrillos, las porras deportivas, los lemas o slogans, los encabezados
periodísticos, los anuncios publicitarios, a menudo verbalmente llamativos pero que generalmente
no se clasifican como literatura?
Otro problema relacionado con la “rarificación” consiste en que, con suficiente ingenio,
cualquier texto adquiere un carácter "raro". Fijémonos en una advertencia de suyo nada ambigua
que a veces se lee en el metro londinense: “Hay que llevar en brazos a los perros por la escalera
mecánica”. Sin embargo, quizá la frase no sea tan clara o tan carente de ambigüedad como de
momento puede parecer. ¿Quiere decir que uno debe llevar un can abrazado en esa escalera?
¿Corre peligro de que se le impida usar la escalera si no encuentra un perro callejero y lo toma en
sus brazos? Muchos avisos aparentemente claros encierran ambigüedades como las que acabamos
de señalar. “La basura debe arrojarse en este cesto”, o el letrero “Salida” que se lee en las carreteras
británicas pueden resultar desconcertantes para un californiano. Con todo, aun haciendo de lado
molestas ambigüedades, es a todas luces obvio que ese aviso del metro puede considerarse como
literatura. Puede uno detenerse a considerar el staccato abrupto y amenazador de las solemnes
voces monosílabas iniciales (“hay que”). Y cuando se llega a aquello de llevar en brazos pleno de
sugerencias, quizá la mente esté considerando la posibilidad de ayudar durante toda la vida a
perros lisiados. Quizá se descubra en cada cadencia, en cada inflexión del término escalera
mecánica una imitación del movimiento ascendente y descendente de aquel dispositivo. Puede
tratarse de un empeño infructuoso, pero no mucho más infructuoso que el afirmar que se perciben
los tajos y las acometidas de los estoques en la descripción poética de un duelo. El primer enfoque
tiene al menos la ventaja de sugerir que la "literatura" puede referirse, en todo caso, tanto a lo que
la gente hace con lo escrito como a lo que lo escrito hace con la gente.
Aun cuando alguien leyera el aviso en la forma indicada, subsistiría la posibilidad de leerlo
como poesía, que es sólo una parte de lo que usualmente abarca la literatura. Por lo tanto,
consideraremos otra forma de “malinterpretar" un letrero que puede conducirnos todavía un poco
más lejos. Imagine a un ebrio noctámbulo, derrumbado sobre el pasamanos de la escalera
mecánica, que lee y relee el letrero con laboriosa atención durante varios minutos y musita “¡Qué
gran verdad!” ¿En qué tipo de error se ha incurrido en ese momento? En realidad, el ebrio aquel
considera el letrero como una expresión de significado general e incluso de trascendencia cósmica.
Al aplicar a esas palabras ciertos ajustes o convencionalismos relacionados con la lectura, el ebrio de
marras las arranca de su contexto inmediato, hace generalizaciones basándose en ellas, y les
atribuye un significado más amplio y profundo que la finalidad pragmática a que estaban
destinadas. Ciertamente, todo esto parecería ser una operación relacionada con lo que la gente
llama literatura. Cuando el poeta nos dice que su amor es cual rosa encarnada, sabemos,
Terry Eagleton – Una introducción a la teoría literaria
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precisamente porque recurrió a la métrica para expresarse, que no hemos de preguntarnos si
realmente estuvo enamorado de alguien que, por extrañas razones, le pareció que tenía semejanza
con una rosa. El poeta simplemente ha expresado algo referente a las mujeres y al amor en
términos generales. Por consiguiente, podríamos decir que la literatura es un discurso "no
pragmático”. Al contrario de los manuales de biología o los recados que se dejan para el lechero, la
literatura carece de un fin práctico inmediato, y debe referirse a una situación de carácter general.
Algunas veces —no siempre— puede emplear un lenguaje singular como si se propusiera dejar
fuera de duda ese hecho, como si deseara señalar que lo que entra en juego es una forma de hablar
sobre una mujer en vez de una mujer en particular, tomada de la vida real. Este enfoque dirigido a
la manera de hablar y no a la realidad de aquello sobre lo cual se habla, a veces se interpreta como
si con ello se quisiera indicar que entendemos por literatura cierto tipo de lenguaje autorreferente,
un lenguaje que habla de sí mismo.
Con todo, también esta forma de definir la literatura encierra problemas. Por principio de
cuentas, probablemente George Orwell se habría sorprendido al enterarse de que sus ensayos se
leerían como si los temas que discute fueran menos importantes que la forma en que los discute.
En buena parte de lo que se clasifica como literatura el valor-verdad y la pertinencia práctica de lo
que se dice se considera importante para el efecto total. Pero aun si el tratamiento "no pragmático"
del discurso es parte de lo que quiere decirse con el término "literatura", se deduce de esta
"definición" que, de hecho, no se puede definir la literatura "objetivamente". Se deja la definición
de literatura a la forma en que alguien decide leer, no a la naturaleza de lo escrito. Hay ciertos tipos
de textos -poemas, obras dramáticas, novelas— que obviamente no se concibieron con "fines
pragmáticos", pero ello no garantiza que en realidad vayan a leerse adoptando ese punto de vista.
Yo podría leer lo que Gibbon relata sobre el Imperio Romano no porque mi despiste llegue al
grado de pensar que allí encontraré información digna de crédito sobre la Roma de la antigüedad,
sino porque me agrada la prosa de Gibbon o porque me deleitan las representaciones de la
corrupción humana sea cual fuere su fuente histórica. También puedo leer el poema de Robert
Burns —suponiendo que yo fuese un horticultor japonés- porque no había yo aclarado si en la
Inglaterra del siglo XVIII florecían o no las rosas rojas. Se dirá que esto no es leer el poema "como
literatura", pero, ¿podría decirse que leo los ensayos de Orwell como literatura siempre y cuando
generalice yo lo que él dice sobre la Guerra Civil española y lo eleve a la categoría de declaraciones
de valor cósmico sobre la vida humana? Es verdad que muchas de las obras que se estudian como
literatura en las instituciones académicas fueron "construidas" para ser leídas como literatura, pero
también es verdad que muchas no fueron "construidas" así. Un escrito puede comenzar a vivir
como historia o filosofía y, posteriormente, ser clasificado como literatura; o bien puede empezar
como literatura y acabar siendo apreciado por su valor arqueológico. Algunos textos nacen
literarios; a otros se les impone el carácter literario. A este respecto puede contar mucho más la
educación que la cuna. Quizá lo que importe no sea de dónde vino uno sino cómo lo trata la gente.
Si la gente decide que tal o cual escrito es literatura parecería que de hecho lo es,
independientemente de lo que se haya intentado al concebirlo.
En este sentido puede considerarse la literatura no tanto como una cualidad o conjunto de
cualidades inherentes que quedan de manifiesto en cierto tipo de obras, desde Beowulf hasta
Virginia Woolf, sino como las diferentes formas en que la gente se relaciona con lo escrito. No es
fácil separar, de todo lo que en una u otra forma se ha denominado "literatura", un conjunto fijo de
características intrínsecas. A decir verdad, es algo tan imposible como tratar de identificar el rasgo
distintivo y único que todos los juegos tienen en común. No hay absolutamente nada que
constituya la "esencia" misma de la literatura. Cualquier texto puede leerse sin "afán pragmático",
suponiendo que en esto consista el leer algo como literatura; asimismo, cualquier texto puede ser
leído "poéticamente". Si estudio detenidamente el horario-itinerario ferrocarrilero, no para
averiguar qué conexión puedo hacer, sino para estimularme a hacer consideraciones de carácter
general sobre la velocidad y la complejidad de la vida moderna, podría decirse que lo estoy
leyendo como literatura. John M. Ellis sostiene que el término "literatura" funciona en forma muy
parecida al término "hierbajo". Los hierbajos no pertenecen a un tipo especial de planta; son
Terry Eagleton – Una introducción a la teoría literaria
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plantas que por una u otra razón estorban al jardinero.3 Quizá "literatura" signifique precisamente
lo contrario: cualquier texto que, por tal o cual razón, alguien tiene en mucho. Como diría un
filósofo, "literatura" y "hierbajo" son términos más funcionales que ontológicos, se refieren a lo que
hacemos y no al ser fijo de las cosas. Se refieren al papel que desempeña un texto o un cardo en un
contexto social, a lo que lo relaciona con su entorno y a lo que lo diferencia de él, a su
comportamiento, a los fines a los que se le puede destinar y a las actividades humanas que lo
rodean. En este sentido, "literatura" constituye un tipo de definición hueca, puramente formal.
Aunque dijéramos que no es un tratamiento pragmático del lenguaje, no por eso habríamos
llegado a una esencia de la literatura porque existen otras aplicaciones del lenguaje, como los
chistes, pongamos por caso. De cualquier manera, dista mucho de quedar claro que se pueda
distinguir con precisión entre las formas "prácticas" y las "no prácticas" de relacionarse con el
lenguaje. Evidentemente no es lo mismo leer una novela por gusto que leer un letrero en la
carretera para obtener información. Pero ¿qué decir cuando se lee un manual de biología para
enriquecer la mente? ¿Constituye esto, una forma pragmática de tratar el lenguaje? En muchas
sociedades la "literatura" ha cumplido funciones de gran valor práctico, como las de carácter
religioso. Distinguir tajantemente entre lo "práctico" y lo "no práctico" sólo resulta posible en una
sociedad como la nuestra, donde la literatura en buena parte ha dejado de tener una función
práctica. Quizá se esté presentando como definición general una acepción de lo "literario" que en
realidad es históricamente específica
Por lo tanto, aun no hemos descubierto el secreto de por qué Lamb, Macaulay y Mill son
literatura, mientras que, en términos generales, no lo son ni Bentham, ni Marx, ni Darwin. Quizá la
respuesta sin complicaciones sea que los tres primeros son ejemplos de lo "bien escrito" pero no los
otros tres. Esta respuesta encierra la desventaja de que en gran parte es errónea (al menos a juicio
mío), pero presenta la ventaja de sugerir, de un modo general, que la gente denomina "literatura" a
los escritos que le parecen buenos. Evidentemente a esto último se puede objetar que si fuera
enteramente cierto no habría nada que pudiera llamarse mala literatura. Me parece que quizás se
exagera el valor de Lamb y Macaulay, pero esto no significa necesariamente que vaya a dejar de
considerarlos como literatura. A usted le puede parecer que Raymond Chandler es bueno dentro
de su género, aunque no sea precisamente literatura. Por otra parte, si Macaulay realmente fuera un
mal escritor, si desconociera totalmente la gramática y sólo pareciera interesarse en los ratones
blancos entonces es probable que la gente no daría a su obra el nombre de literatura, ni siquiera el
de mala literatura. Parecería, pues, que los juicios de valor tienen ciertamente mucho que ver con
lo que se juzga como literatura y con lo que se juzga que no lo es, si bien no necesariamente en el
sentido de que un escrito, para ser literario, tenga que caber dentro de la categoría de lo “bien
escrito”, sino que tiene que pertenecer a lo que se considera “bien escrito” aun cuando se trate de un
ejemplo inferior de una forma generalmente apreciada. Nadie se tomaría la molestia de decir que
un billete de autobús constituye un ejemplo de literatura inferior, pero si podría decirlo acerca de
la poesía de Ernest Dowson. Los términos bien escritos o bellas letras son ambiguos en este
sentido: denotan una clase de composiciones generalmente muy apreciadas pero que no
comprometen a opinar que es “bueno” tal o cual ejemplo en particular.
Con estas reservas, resulta iluminadora la sugerencia de que “literatura” es una forma de
escribir altamente estimada, pero encierra una consecuencia un tanto devastadora significa que
podemos abandonar de una vez por todas la ilusión de que la categoría “literatura” es “objetiva”,
en el sentido de ser algo inmutable, dado para toda la eternidad. Cualquier cosa puede ser
literatura, y cualquier cosa que inalterable e incuestionablemente se considera literatura -
Shakespeare, pongamos por caso— puede dejar de ser literatura. Puede abandonarse por
quimérica cualquier opinión acerca de que el estudio de la literatura es el estudio de una entidad
estable y bien definida como ocurre con la entomología. Algunos tipos de novela son literatura,
pero otros no lo son. Cierta literatura es novelística pero otra no. Una clase de literatura toma muy
en cuenta la expresión verbal, pero hay otra que no es literatura sino retórica rimbombante. No
3 TheTheory of Literary Criticism: A Logical Analysis (Berkeley, 1974). pp. 37-42.
Terry Eagleton – Una introducción a la teoría literaria
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existe literatura tomada como un conjunto de obras de valor asegurado e inalterable caracterizado
por ciertas propiedades intrínsecas y compartidas. Cuando en el resto del libro use las palabras
“literario” y “literatura” llevarán una especie de invisible tachadura para indicar que realmente no
son las apropiadas pero que de momento no cuento con nada mejor.
Los juicios de valor son notoriamente variables, por eso se deduce de la definición de
literatura como forma de escribir altamente apreciada que no es una entidad estable. Los tiempos
cambian, los valores no proclaman el anuncio de un diario, como si todavía creyéramos que hay
que matar a las criaturas enfermizas o exhibir en público a los enfermos mentales. Así, como en
una época la gente puede considerar filosófica la obra que más tarde calificará de literaria, o
viceversa, también puede cambiar de opinión sobre lo que considera escritos valiosos. Más aun,
puede cambiar de opinión sobre los fundamentos en que se basa para decidir entre lo que es
valioso y lo que no lo es. Esto, como ya indiqué, no significa necesariamente que el publico vaya a
negar el título de literatura a una obra que, al fin y al cabo, considera de calidad interior, la llamará
literatura para indicar que, poco más o menos, pertenece al tipo de escritos que por lo general
aprecia. Por otra parte, esto no significa que el llamado “canon literario”, la intocable “gloriosa
tradición” de la “literatura nacional” tenga que tomarse como un concepto —una “construcción”—
cuya conformación estuvo a cargo de ciertas personas movidas por ciertas razones en cierta época.
No hay ni obras ni tradiciones literarias valederas, por sí mismas, independientemente de lo que
sobre ellas se haya dicho o se vaya a decir. “Valor” es un término transitorio, significa lo que
algunas personas aprecian en circunstancias específicas, basándose en determinados criterios y a la
luz de fines preestablecidos. Es por ello muy posible que si se realizara en nuestra historia una
transformación suficientemente profunda, podría surgir en el futuro una sociedad incapaz de
obtener el menor provecho de la lectura de Shakespeare. Quizá sus obras le resultasen
desesperadamente extrañas, plenas de formas de pensar y sentir que en la sociedad en cuestión se
considerarían estrechas o carentes de significado. En esas circunstancias Shakespeare no valdría
más que los letreros murales -graffiti- que hoy se estilan. Si bien muchos considerarían que se
habría descendido a condiciones sociales trágicamente indigentes, creo que se pecaría de
dogmatismo si se rechazara la posibilidad de que esa situación proviniera más bien de un
enriquecimiento humano generalizado. A Karl Marx le preocupaba saber por qué el arte de la
antigüedad griega conserva su “encanto eterno" aun cuando hace mucho tiempo que
desaparecieron las condiciones que lo produjeron. Ahora bien, visto que aun no termina la historia
¿cómo podríamos saber que va a continuar siendo “eternamente” encantador? Supongamos que,
gracias a expertas investigaciones arqueológicas, se descubriera mucho más sobre lo que la
tragedia griega en realidad significaba para el público contemporáneo, nos diéramos cuenta de la
enorme distancia que separa lo que entonces interesaba de lo que hoy nos interesa, y releyéramos
esas obras a la luz de conocimientos más profundos. Ello podría dar por resultado -entre otras
cosas- que dejaran de gustarnos esas tragedias y comedias. Quizá llegáramos a pensar que antes
nos habían gustado porque, inconscientemente, las leíamos a la luz de nuestras propias
preocupaciones. Cuando esto resultara menos posible, quizá esas obras dramáticas dejaran de
hablarnos significativamente.
El que siempre interpretemos las obras literarias, hasta cierto punto, a través de lo que nos
preocupa o interesa (es un hecho que en cierta forma “lo que nos preocupa o interesa” nos
incapacita para obrar de otra forma), quizá explique por qué ciertas obras literarias parecen
conservar su valor a través de los siglos. Es posible, por supuesto, que sigamos compartiendo
muchas inquietudes con la obra en cuestión, pero también es posible que, en realidad y sin saberlo,
no hayamos estado evaluando la “misma” obra. “Nuestro” Homero no es idéntico al Homero de la
Edad Media, y “nuestro” Shakespeare no es igual al de sus contemporáneos. Más bien se trata de
estos períodos históricos diferentes han elaborado, para sus propios fines, un Homero y un
Shakespeare “diferentes”, y han encontrado en los respectivos textos elementos que deben
valorarse o devaluarse (no necesariamente los mismos). Dicho en otra forma, las sociedades
“rescriben”, así sea inconscientemente todas las obras literarias que leen. Más aun, leer equivale
siempre a “rescribir”. Ninguna obra, ni la evaluación que en alguna época se haga de ella pueden,
Terry Eagleton – Una introducción a la teoría literaria
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sin más ni más, llegar a nuevos grupos humanos sin experimentar cambios que quizá las hagan
irreconocibles. Esta es una de las razones por las cuales lo que se considera como literatura sufre
una notoria inestabilidad.
No quiero decir que esa inestabilidad se deba al carácter subjetivo de los juicios de valor.
Según este punto de vista, el mundo se halla dividido entre hechos sólidamente concretos que
están “allá”, como la Estación Central del ferrocarril, y juicios de valor arbitrarios que se ubican
“aquí dentro”, como el gusto por los plátanos o el sentir que el tono de un poema de Yeats va
desde las bravatas defensivas hasta la resignación hosca pero dúctil. Los hechos están a la vista y
son irrecusables, pero los valores son cosa personal y arbitraria. Evidentemente no es lo mismo
consignar un hecho, por ejemplo “Esta catedral fue construida en 1612”, que expresar un juicio de
valor como “esta catedral es una muestra magnífica de la arquitectura barroca”. Pero supongamos
que dije lo primero cuando acompañaba por diversas partes de Inglaterra a un visitante extranjero
y me di cuenta de que lo había desconcertado bastante. ¿Por qué, podría preguntarme, insiste en
darme las fechas de la construcción de todos estos edificios? ¿A qué se debe esa obsesión con los
orígenes? En la sociedad donde vivo, podría agregar, para nada conservamos datos de esa
naturaleza. Para clasificar nuestros edificios nos fijamos en si miran al noroeste o al sudoeste. Esto
quizás pusiera de manifiesto una parte del sistema inconsciente basada en juicios de valor
subyacentes en mis datos descriptivos. Juicios de valor como éstos no son necesariamente del
mismo tipo que aquel otro de “Esta catedral es una muestra magnífica de la arquitectura barroca”,
pero no dejan de ser juicios de valor, y ninguna enunciación de hechos que yo pudiera formular
sería ajena a ellos. La enunciación de un hecho no deja de ser, después de todo, una enunciación, y
da por sentado cierto número de juicios cuestionables que esas enunciaciones valen la pena más
que otras, que estoy capacitado para formularlas y garantizar su verdad, que mi interlocutor es
una persona a quien vale la pena formularlas, que no carece de utilidad el formularlas, y así por el
estilo. Bien puede transmitirse información en las conversaciones de bar, pero en esos diálogos
también sobresalen elementos de lo que los lingüistas llaman 'fáctico', o sea, de lo relacionado con
el propio acto de comunicar. Cuando charlo con usted sobre el estado del tiempo doy a entender
que una conversación con usted vale la pena, que lo considero persona de mérito y que se emplea
bien el tiempo charlando con usted, que no soy antisocial, que no me voy a poner a criticar de la
cabeza a los pies su aspecto personal.
En este sentido no hay posibilidad de formular una declaración totalmente desinteresada.
Por supuesto, se considera que el decir cuando se construyo una catedral no demuestra tanto
interés en nuestra cultura como expresar una opinión sobre su estilo arquitectónico, pero también
podrían imaginarse situaciones en las cuales la primera declaración estuviera más "preñada de
valores" que la otra. Quizás “barroco” y "magnífico” hayan llegado a ser términos más o menos
sinónimos, pero sólo unos cuantos tercos se aferrarían a una idea exagerada sobre la importancia
de la fecha en que se construyó un edificio, y al consignarla enviaba yo un mensaje para indicar
que me adhería a ellos. Todas las declaraciones descriptivas se mueven dentro de una red (a
menudo invisible) de categorías de valor. Añádase que, indudablemente, sin esas categorías no
tendríamos absolutamente nada que decirnos. No se trata solamente de que poseyendo
conocimientos que corresponden a la realidad los falseemos movidos por intereses y opiniones
particulares (cosa ciertamente posible), se trata también de que aun sin intereses especiales
podríamos carecer de conocimientos porque no nos hemos dado cuenta de que vale la pena
adquirirlos. Los intereses son elementos constitutivos de nuestro conocimiento, no meros prejuicios
que lo ponen en peligro. El afirmar que el conocimiento debe ser “ajeno a los valores" constituye
un juicio de valor.
Bien puede ser que el gusto por los plátanos no pase de ser una cuestión privada, pero de
hecho esto también es cuestionable. Un análisis a fondo sobre mis gustos en materia de comida
probablemente revelaría profundos lazos con ciertas experiencias de mi primera infancia, con mis
relaciones con mis padres y hermanos y con muchos otros factores culturales que son tan sociales y
tan “no subjetivos” como las estaciones de ferrocarril. Esto es aun más cierto en lo referente a la
estructura fundamental de los criterios e intereses dentro de los cuales nací por ser miembro de
Terry Eagleton – Una introducción a la teoría literaria
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una sociedad en particular, como por ejemplo, creer que debo procurar mantenerme en buen
estado de salud, que los diferentes papeles que se representan según el sexo al cual se pertenece
tienen sus raíces en la biología humana o que el hombre es más importante que los cocodrilos.
Usted y yo podemos no estar de acuerdo en tal o cual cuestión, pero ello se debe exclusivamente a
que compartimos ciertas formas profundas de ver y evaluar enlazadas a nuestra vida social y que
no pueden cambiar si antes no se transforma esa vida. Nadie me va a imponer un fuerte castigo
porque me desagrade algún poema de Donne; pero si reconozco que de plano la obra de Donne no
es literatura, en ciertas circunstancias me arriesgaría a perder mi empleo. Estoy en libertad de votar
por los laboristas o los conservadores, pero si trato de conducirme basándome en la creencia de
que tal libertad meramente encubre un gran prejuicio —o sea que la democracia se reduce a la
libertad de cruzar un emblema en la cédula para votar cada vez que se celebran elecciones- en
ciertas circunstancias especiales bien podría acabar en la cárcel.
La estructura de valores (oculta en gran parte) que da forma y cimientos a la enunciación
de un hecho, constituye parte de lo que se quiere decir con el término “ideología”. Sin entrar en
detalles, entiendo por ideología las formas en que lo que decimos y creemos se conecta con la
estructura de poder o con las relaciones de poder en la sociedad en la cual vivimos. De esta
definición gruesa de la ideología se sigue que no todos nuestros juicios y categorías subyacentes
pueden denominarse —con provecho— ideológicos. Ha arraigado profundamente en nosotros la
tendencia a imaginarnos moviéndonos hacia el futuro (aun cuando existe por lo menos una
sociedad que se considera de regreso ya del futuro), pero si bien esta manera de ver quizá logre
conectarse significativamente con la estructura del poder en nuestra sociedad, no es preciso que tal
cosa suceda siempre y en todas partes. Por ideología no entiendo nada más criterios hondamente
arraigados, si bien a menudo inconscientes. Me refiero muy particularmente a modos, de sentir,
evaluar, percibir y creer que tienen alguna relación con el sostenimiento y la reproducción del
poder social. Que tales criterios no son, por ningún concepto, meras rarezas personales puede
aclararse recurriendo a un ejemplo literario.
En su famoso estudio Practical Criticism (1929), el crítico I. A. Richards, de la Universidad
de Cambridge, procuro demostrar cuán caprichosos y subjetivos pueden ser los juicios literarios, y
para ello dio a sus alumnos (estudiantes de college) una serie de poemas, pero sin proporcionar ni
el nombre del autor ni el título de la obra, y les pidió que emitieran su opinión. Por supuesto, en
los juicios hubo notables discrepancias, además, mientras poetas consagrados recibieron
calificaciones medianas se exaltó a oscuros escritores. Opino, sin embargo que, con mucho, lo más
interesante del estudio -en lo cual muy probablemente no cayó en la cuenta el propio Richards- es
el firme consenso de valoraciones inconscientes subyacente en las diferencias individuales de
opinión. Al leer lo que dicen los alumnos de Richards sobre aquellas obras literarias, llaman la
atención los hábitos de percepción e interpretación que espontáneamente comparten lo que
suponen que es la literatura, lo que dan por hecho cuando se aproximan a un poema y los
beneficios que por anticipado suponen se derivaran de su lectura. Nada de esto es en realidad
sorprendente, pues presumiblemente todos los participantes en el experimento eran jóvenes
británicos, de raza blanca pertenecientes a la clase alta o al estrato superior de la clase media,
educados en escuelas particulares en los años veinte, por lo cual su forma de responder a un
poema dependía de muchos factores que no eran exclusivamente “literarios”. Sus respuestas
críticas estaban firmemente entrelazadas con prejuicios y criterios de amplio alcance. No se trata
de que haya habido culpa no hay respuesta crítica ajena a esos enlaces, y, por lo tanto, no existen
las interpretaciones o los juicios críticos literarios puros. Uno mismo tiene la culpa, en caso de que
alguien la tenga. El propio I. A. Richards como joven profesor de Cambridge, perteneciente a la
clase media superior, no pudo objetivar un contexto de intereses que él mismo había en gran parte
compartido y, por consiguiente, tampoco pudo reconocer a fondo que las diferencias de evaluación
locales, “subjetivas” actúan dentro de una forma particular, socialmente estructurada de percibir el
mundo.
Si no se puede considerar la literatura como categoría descriptiva “objetiva”, tampoco
puede decirse que la literatura no pasa de ser lo que la gente caprichosamente decide llamar
Terry Eagleton – Una introducción a la teoría literaria
14
literatura. Dichos juicios de valor no tienen nada de caprichosos. Tienen raíces en hondas
estructuras de persuasión al parecer tan inconmovibles como el edificio Empire State. Así, lo que
hasta ahora hemos descubierto no se reduce a ver que la literatura no existe en el mismo sentido en
que puede decirse que los insectos existen, y que los juicios de valor que la constituyen son
históricamente variables, hay que añadir que los propios juicios de valor se relacionan
estrechamente con las ideologías sociales. En última instancia no se refieren exclusivamente al
gusto personal sino también a lo que dan por hecho ciertos grupos sociales y mediante lo cual
tienen poder sobre otros y lo conservan. Como esta afirmación puede parecer un tanto forzada y
nacida de un prejuicio personal, vale la pena ponerla a prueba considerando el ascenso de la
“ literatura” en Inglaterra.